10 LA CIFRA PERFECTA©

Por huggo romerom™

Hay edades que llegan como tormentas y otras que se anuncian como una lenta llovizna sobre la memoria. Hay cumpleaños que se celebran con ruido, con abrazos y fotografías, y otros que se reciben en silencio, como quien escucha el crujido del tiempo detrás de una puerta vieja. Pero acaso lo más extraño de la vida no sea el paso de los años, sino la obstinación humana de creer que después de cierta edad todo está perdido.

Los calendarios nos han hecho un daño silencioso. Nos enseñaron a contar la vida como quien cuenta monedas que se gastan. A los veinte nos prometieron el mundo; a los treinta nos exigieron victorias; a los cuarenta nos hicieron sentir el peso de lo no alcanzado; y a los cincuenta comenzaron a mirarnos con esa compasión inútil que suele reservarse para las cosas que envejecen. Sin embargo, el alma humana no entiende de relojes. El espíritu no envejece al mismo ritmo que el cuerpo. Hay hombres que mueren a los treinta y son enterrados a los ochenta; y hay otros que descubren la verdadera luz cuando el cabello ya se ha vuelto ceniza.

Quizá por eso la numerología —esa antigua poesía de los números— nos susurra un secreto que parece sencillo, pero que contiene una rara esperanza: cada década de nuestra vida guarda un número que suma diez.

Diez.

La cifra perfecta. El círculo que se cierra para volver a empezar. El símbolo de la excelencia, de la culminación y del renacimiento.

Ahí están los años señalados como estaciones misteriosas en el largo ferrocarril de la existencia:

19… 28… 37… 46… 55… 64… 73… 82… 91…

Cada uno lleva escondido el diez como una semilla luminosa. Cada uno parece decirnos que todavía hay algo grande aguardando detrás de la siguiente esquina.

Y no es casual que esos años lleguen cuando el hombre ya ha conocido algunas derrotas. Porque la vida no entrega sus mejores frutos al impaciente, sino al que resiste. El muchacho de diecinueve posee fuego, sí, pero ignora aún la profundidad del mundo. El hombre de treinta y siete ya ha amado, ha perdido, ha caído y se ha levantado con cicatrices invisibles. El de cincuenta y cinco comienza a comprender que la verdadera riqueza no era el dinero, sino la serenidad. Y el de setenta y tres descubre, acaso demasiado tarde, que la felicidad siempre estuvo escondida en las pequeñas cosas: el olor del café al amanecer, una conversación sin prisa, la mano de alguien que permanece.

El diez aparece entonces no como un premio, sino como una revelación.

Porque la excelencia no consiste en no caer, sino en seguir caminando aun con las rodillas heridas.

Vivimos en una época que idolatra la juventud como si fuera la única patria posible. Nos venden la idea absurda de que después de cierta edad ya no hay amor, ni proyectos, ni conquistas. Pero la historia humana está llena de hombres y mujeres que llegaron a su verdadero destino cuando otros ya los daban por vencidos. Cervantes escribió la gloria después de la pobreza y la cárcel. García Márquez encontró Macondo luego de años de incertidumbre. Y hay millones de seres anónimos que descubrieron su propia primavera cuando todos creían que el invierno era definitivo.

Tal vez por eso el diez tenga algo de milagro.

Porque aparece siempre después del desgaste.

Después de la noche.

Después de la duda.

El hombre de cuarenta y seis que cree haber perdido el rumbo puede estar entrando, sin saberlo, en el año que cambiará su historia. La mujer de sesenta y cuatro que piensa que el tiempo ya le cerró las puertas quizá apenas comienza a comprender quién es realmente. El anciano de ochenta y dos todavía puede enamorarse de la vida con la intensidad de un muchacho.

Mientras haya un diez esperándonos, no existe derrota definitiva.

Y acaso ahí resida la verdadera numerología: no en los cálculos, sino en la esperanza. No en la superstición, sino en la certeza íntima de que la vida siempre guarda una última cosecha para quienes no abandonan el campo.

Porque el tiempo no viene a destruirnos.

Viene a revelarnos.

Y cada vez que los números vuelven a sumar diez, la existencia parece inclinarnos el rostro y decirnos en voz baja:

“Aún no has llegado al final. Lo mejor todavía puede suceder.”

Jaque Matte… 10

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