Las Nuevas Minorías©

Por huggo romerom™

Hay derrotas que no ocurren en las urnas, sino mucho antes: en la soberbia. Las viejas élites políticas no fueron expulsadas únicamente por el voto; fueron desalojadas por el cansancio histórico de un pueblo que aprendió a distinguir entre gobernar y administrar privilegios. El problema de ciertos grupos no fue perder el poder, sino creer que el país les pertenecía por derecho hereditario.

Durante décadas, la política dejó de ser servicio para convertirse en cofradía. El Estado fue tratado como hacienda privada y la corrupción alcanzó niveles tan obscenos que terminó produciendo una filosofía involuntaria: “un político pobre es un pobre político”. Aquella frase no sólo retrataba un tiempo; describía toda una moral pública basada en el saqueo legitimado, el tráfico de influencias y la impunidad elevada a virtud de clase.

Hoy, los mismos actores que normalizaron el abuso se presentan como guardianes de la democracia. Resulta casi teatral observar cómo quienes redujeron la justicia a un instrumento de negocios ahora intentan erigirse como sacerdotes de la ética republicana. La historia política suele tener estas ironías grotescas: los incendiarios regresan vestidos de bomberos.

Las nuevas minorías nacen precisamente de esa contradicción. Son sectores desplazados del antiguo centro de poder que, incapaces de reconectar con las mayorías, buscan reconstruir legitimidad mediante campañas emocionales, victimismos estratégicos y una narrativa permanente de catástrofe nacional. Ya no gobiernan desde el aparato; ahora militan desde el resentimiento.

La neoposición —esa suerte de aristocracia derrotada con complejo de resistencia clandestina— parece haber encontrado su nueva religión: la nostalgia del privilegio perdido. Y como toda religión política, necesita mártires, enemigos absolutos y una fe ciega en que el pueblo “algún día despertará”, aunque el pueblo ya haya hablado más de una vez.

Paradójicamente, estas minorías se autoproclaman defensoras de la pluralidad mientras desprecian silenciosamente a las mayorías cuando éstas no votan “correctamente”. Hablan en nombre de la libertad, pero sólo consideran válido el sufragio cuando coincide con sus intereses. Cuando ganan, celebran la democracia; cuando pierden, descubren el autoritarismo.

En el fondo, no soportan la humillación simbólica de haber sido derrotados por aquellos a quienes consideraban inferiores política y culturalmente. Por eso su discurso suele estar cargado de un elitismo apenas disimulado: el pueblo “fue manipulado”, “no entendió”, “votó con el estómago”. Nunca aceptan la posibilidad más simple y devastadora: que las mayorías dejaron de creerles.

Las nuevas minorías también poseen su liturgia internacional. Necesitan aprobación externa, editoriales extranjeros, aplausos diplomáticos y bendiciones ideológicas provenientes del norte. Hay en ciertos sectores una fascinación casi colonial por recibir legitimidad desde fuera, como si la soberanía nacional todavía necesitara permiso de potencias ajenas para existir plenamente. Son los nuevos besapiés geopolíticos: dispuestos a hipotecar dignidad con tal de recuperar influencia.

Pero en medio de esta guerra de fanatismos sobreviven los herejes contemporáneos: quienes piensan objetivamente. Esos ciudadanos incómodos que no se arrodillan ante ninguna bandera emocional y que rechazan convertirse en soldados automáticos de cualquier narrativa partidista. Para los extremos, el pensamiento crítico siempre resulta sospechoso.

Quien no idolatra al gobierno es acusado de traidor. Quien no idolatra a la oposición es acusado de cómplice. La neutralidad reflexiva se volvió un crimen ideológico en tiempos donde todos exigen militancia emocional inmediata. Así, los ciudadanos no alineados terminan convertidos en enemigos simultáneos de ambos bandos, como aquellos países que durante la Guerra Fría intentaron sobrevivir sin entregarse completamente a Washington ni a Moscú.

La política contemporánea parece haber sustituido el debate por la fe. Ya no importa comprender la realidad, sino pertenecer a un rebaño digital. La razón perdió prestigio frente al espectáculo y la consigna reemplazó al pensamiento.

Sin embargo, hay una diferencia esencial entre las mayorías y las nuevas minorías: las primeras aún conservan el músculo de la legitimidad popular; las segundas sobreviven alimentándose de la nostalgia del poder perdido. Y la nostalgia, aunque produce discursos apasionados, rara vez construye futuro.

Tal vez por eso las nuevas minorías se han convertido en los mártires de sí mismas: derrotadas no sólo por un régimen, sino por su incapacidad de reconocer los excesos que las condujeron al descrédito. No fueron expulsadas únicamente por sus adversarios. También las vencieron sus propios abusos, su arrogancia histórica y esa vieja costumbre de confundir nación con patrimonio personal.

La tragedia de toda élite decadente es creer que el pueblo tiene memoria corta. Pero hay memorias que permanecen tatuadas en la conciencia colectiva: corrupción, saqueo, privilegios, impunidad. Y ninguna campaña financiada desde el resentimiento logra borrar tan fácilmente las cicatrices de una época.

Las nuevas minorías aún sueñan con regresar. Las mayorías, mientras tanto, continúan decidiendo si el pasado merece segunda oportunidad o si la historia ya emitió sentencia.

Jaque Mate,

Atte. uno de los no alineados.

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