El cáncer del olvido ©

Por huggo romerom™

Existe un cáncer que no aparece en los estudios médicos, no se observa en una radiografía y no tiene un nombre reconocido por la ciencia. Es el cáncer del olvido: una forma simbólica de hablar de aquello que ocurre cuando la memoria comienza a borrar, poco a poco, los nombres, las palabras, los rostros y los sentimientos que alguna vez fueron importantes.

Este cáncer no siempre llega por voluntad propia. A veces nace de una decisión consciente: queremos olvidar porque recordar duele. Otras veces aparece de manera involuntaria, provocado por las circunstancias, por el paso del tiempo o por acontecimientos que nuestra mente no sabe cómo acomodar. Así, la memoria puede convertirse en un territorio donde algunas letras desaparecen, algunos nombres se vuelven incompletos y ciertos recuerdos pierden su significado.

Podemos imaginar la memoria como un gran alfabeto. Cada persona, cada experiencia y cada sentimiento ocupa una letra dentro de él. Cuando una relación termina, cuando un afecto se rompe o cuando una herida emocional se vuelve demasiado profunda, algunas de esas letras comienzan a borrarse. Primero desaparecen los detalles; después los momentos; finalmente, en ocasiones, hasta el nombre de aquello que alguna vez significó tanto.

El olvido puede presentarse en el corto, mediano o largo plazo. Al principio recordamos con claridad. Después los recuerdos se vuelven menos frecuentes. Más adelante podemos recordar que algo ocurrió, pero ya no sentimos lo mismo. Y quizá ese sea uno de los misterios más grandes de la memoria: no siempre olvidamos los hechos; a veces olvidamos la emoción que los acompañaba.

Por eso podría hablarse, en sentido filosófico, de un “Alzheimer personalizado”: no como una enfermedad médica, sino como una metáfora de la memoria que decide protegerse de aquello que le causa dolor. La mente parece decir: si esto me lastima, quizá sea mejor no recordarlo. No necesariamente porque quiera destruir el pasado, sino porque intenta sobrevivir al presente.

Sin embargo, olvidar no siempre significa sanar.

Cuando se rompe una relación sentimental, afectiva o fraternal, desaparece una parte de la realidad compartida. Pero también desaparece algo que existió solamente dentro del pensamiento de quienes participaron en ella: las ilusiones, las conversaciones imaginadas, los planes, las promesas y el futuro que alguna vez parecía posible.

El cáncer del olvido se alimenta precisamente de esas cosas. Borra aquello que ya no puede continuar en la realidad, aunque todavía exista en la memoria.

Con el tiempo, una persona puede llegar a preguntarse: ¿Realmente ocurrió? ¿Realmente amé? ¿Realmente fui amado? Y quizá la respuesta sea sencilla: sí ocurrió, sí se amó, sí hubo un vínculo. Que el tiempo lo haya transformado no significa que nunca haya existido.

Tal vez el verdadero propósito del olvido no sea borrar completamente el pasado, sino cambiar nuestra relación con él. Hay recuerdos que necesitan desaparecer para que podamos continuar, pero también hay otros que merecen permanecer, no para hacernos sufrir, sino para recordarnos quiénes fuimos.

La memoria, entonces, no es solamente un archivo. Es también una forma de identidad. Somos, en cierta medida, aquello que recordamos y aquello que decidimos dejar atrás.

El cáncer del olvido puede borrar nombres, rostros, palabras y sentimientos; puede convertir una historia intensa en una imagen borrosa. Pero mientras exista una pequeña huella de aquello que vivimos, el pasado no estará completamente muerto.

Porque olvidar es borrar una parte de la historia.

Recordar es reconocer que alguna vez fuimos parte de ella.

Y quizá la verdadera libertad no consiste en olvidar lo que nos hizo daño, sino en poder recordarlo sin permitir que vuelva a destruirnos.

Jaque Mate y ReMate.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *