Por huggo romerom™

Antes, ser estudiante era un orgullo.
La sociedad entera lo celebraba. El cine era gratis, los camiones daban descuentos, las tiendas lanzaban promociones y hasta la familia presumía al “universitario” como si hubiera nacido un astronauta de la NASA. Tener un hijo en preparatoria o universidad era símbolo de esperanza, disciplina y futuro.
Hoy… bueno, hoy basta con tener WiFi, una batería al 15% y habilidad para copiar y pegar.
Feliz Día del Estudiante.
Ese ser mitológico que antes desvelaba estudiando y ahora se desvela viendo videos motivacionales sobre cómo “ser millonario sin trabajar”, mientras reprueba materias que ni siquiera leyó porque “la IA lo resume”.
Las autoridades educativas hicieron un trabajo impecable: automatizaron el conocimiento hasta volverlo completamente inofensivo.
Hoy no se forman pensadores; se fabrican empleados con título digital, obedientes, silenciosos y perfectamente entrenados para no cuestionar nada. Porque un estudiante que piensa… incomoda. Pero uno que solo memoriza PDFs y entrega tareas por plataforma, ese sí es material premium para el sistema.
Y claro, luego aparecen los orgullosos discursos:
“Estamos formando profesionistas competitivos para el futuro.”
Traducción:
“Estamos entrenando gente para soportar jornadas absurdas, salarios decorosos que apenas alcanzan para aparentar estabilidad y suficiente cansancio como para no rebelarse.”
Porque el verdadero peligro nunca fue un estudiante flojo.
El verdadero peligro siempre ha sido un estudiante que lee por voluntad propia, que investiga más allá del examen, que cuestiona al maestro, que contradice al político, que entiende cómo funciona el dinero, el poder y la manipulación.
Por eso hoy muchos planes educativos parecen diseñados por una fotocopiadora con depresión:
menos filosofía, menos debate, menos criterio… pero muchas plataformas, muchos formatos y demasiados cursos sobre “liderazgo” impartidos por gente que jamás ha liderado ni la fila de las tortillas.
Y mientras tanto, el estudiante promedio vive anestesiado:
con ansiedad, apatía y una absurda obsesión por graduarse rápido para entrar al glorioso mundo laboral donde descubrirá que después de cinco años de universidad… terminará haciendo reportes en Excel para alguien menos inteligente pero mejor conectado.
Pero no todo está perdido.
Todavía existen estudiantes peligrosos.
Sí, peligrosos.
Los autodidactas.
Los que estudian porque tienen hambre de conocimiento y no hambre de calificación.
Los que entienden que un título sirve para conseguir trabajo, pero el conocimiento sirve para decidir quién quieres ser.
Los que leen aunque no venga en el examen.
Los que aprenden un oficio, un idioma, finanzas, historia, arte o negocios porque saben que el mundo pertenece a quien sabe pensar, no solo obedecer.
Esos estudiantes que todavía sienten pasión por ejercer, crear, emprender y construir algo más grande que un simple puesto godín con café gratis los viernes.
Por ellos…
Feliz Día del Estudiante.
Porque estudiar no debería servir únicamente para conseguir empleo.
Debería servir para evitar que cualquier gobierno, empresa o ideología te convierta en una estadística con credencial y nómina.
Ser estudiante es importante.
Pero adquirir conocimiento para decidir con libertad… eso sí es poder.
Estudiante o te pones las pilas o serás de las filas eternamente, porque con este sistema educativo…estas en
Jaque… y si te descuidas o te confías mas te darán el Mate.













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