Raúl A. Rubio Cano
La visita del embajador de la República Islámica de Irán al Congreso del Estado de Nuevo León, México, su excelencia Abolfazl Pasandideh, demuestra en los hechos, el poder establecer bases para la construcción de lazos de hermandad entre Irán y el Pueblo de Nuevo León.
En la mencionada visita, el embajador Pasandideh impartió la Conferencia Magistral “Resistencia frente al Imperialismo”. Un evento organizado por el Centro de Estudios Parlamentarios de la UANL y en colaboración con la Asociación Nacional de Abogados Democráticos (ANAD), Capítulo Nuevo León, así como integrantes del Congreso del Estado.
Al término de su exposición, tomando la palabra se le informó por un servidor, al Embajador de Irán, que estaba visitando a la primera ciudad bombardeada por el Ejército de los Estados Unidos de América, el 22 de septiembre de 1846, en lo que fue la guerra de intervención de ese país vecino contra México, inaugurando con ello una carrera criminal contra los pueblos del mundo por el Imperialismo Yankee, para establecer en ellos el saqueo y destrucción de hombres y Naturaleza, e incrementar así la riqueza y control planetario del Yankee. Un hecho poco conocido a la fecha, fue esta destrucción de nuestra ciudad metropolitana, inclusive, desconocida por los mismos especialistas en temas históricos, ya por ignorancia, cobardía, o vil entrega cognitiva y política al Imperio.
Para amparar los argumentos vertidos al Embajador de Irán, sobre el hecho de que se bombardeara población civil como un castigo, ya que desde el principio de los combates del día 21 de septiembre se tenía ganada esa contienda militar, pero la traición de altos mandos militares y de Santa Ana, se les impidió a las tropas mexicanas el remate del enemigo, y por lo tanto, de haberse suscitado ello, la historia de la humanidad tal vez no hubiera conocido la barbarie del Imperialismo Yankee; ni en Monterrey, ni en ninguna otra parte del mundo, porque éste hubiera sido eliminado para siempre.
A continuación exponemos un trabajo de mi autoría, que sirvió en el año de 2012 para justificar el poner en letras de oro en pared de la sala principal del Auditorio del H. Congreso de Nuevo León, la referencia a la lucha de nuestra ciudad como Ciudad Heroica ante la invasión Norteamericana de 1846. Un trabajo de investigación histórica que no se hizo público para “No hacer enojar al Imperio”, pero hoy, la presencia del embajador de Irán en la entidad abre las puertas a esa historia oculta y asesina sobre el pueblo de la ciudad de Monterrey y su resistencia al invasor.

Cabe mencionar que un amigo historiador, Armando de León Montaño, hizo al material que expongo públicamente, un comentario que también hoy lo agrego, ya que está basado en una obra sobre la realidad histórica de esos años, y que acababa de publicar la UANL, también en el año 2012.
Espero contribuir con lo enviado a demostrar que mi ciudad (Monterrey, Nuevo León, México), fue la primera población que el imperialismo Yankee bombardeó, en su historia de maldades contra los pueblos del mundo.
La Batalla de Monterrey de 1846…
Raúl A. Rubio Cano
La batalla de Monterrey por la invasión del Ejército Norteamericano se desarrolló en los días del 21 al 24 de septiembre de 1846, un evento militar de dimensiones inéditas para la época, ya que era la primera acción militar de invasión a otros pueblos por parte de los Estados Unidos de América.
“Una acción de bárbaros en tierras del vecino”, fustigaría Abraham Lincoln, todo un plan de invasión militar que dentro de su política del “Destino Manifiesto”, Estados Unidos logró apoderarse de las tierras de Texas hasta la alta California, una realidad que por lo visto aún no termina, ya que a mediados del siglo XIX se nos invadió y saqueó por el ejército Yankee utilizando las mejores armas de la época y emprendiéndola contra la población civil, y hoy lo siguen haciendo por medio de sus políticas económicas neoliberales y de supuesta guerra contra el Narco.

En septiembre de 1846, la plaza de Monterrey estaba al mando del general Pedro Ampudia, se contaba con el apoyo de diversos cuarteles como el Fortín de la Ciudadela, Fortín de la Tenería, Fortín de la Federación, Rincón del Diablo, Fortín Puente de la Purísima y Cerro del Obispado. Además, más de seis mil elementos defensivos compuestos en su mayoría por fuerzas militares profesionales venidas del centro del país ante la guerra de México con los texanos, y desde el 19 de septiembre de 1846 los estadounidenses llegaron a las inmediaciones de la ciudad, dividiéndose en dos frentes principales comandados por el general William J. Worth y el otro por el general Zachary Taylor, el primero con la misión de tomar el Cerro del Obispado, y el segundo para someter los diversos fortines de la ciudad, dando un total de fuerzas invasora de 6 mil 200 hombres.
En el Nogalar de Santo Domingo, acamparon las tropas de Taylor y tomaron el 20 de septiembre la Villa de Guadalupe, mientras que Worth y los voluntarios texanos del capitán John Coffee Hays avanzaron hacia el Obispado por San Jerónimo, atacando a la caballería de Torrejón al mando del coronel Juan Nepomuceno Nájera, comandante de lanceros de Jalisco, con miras a bloquear el camino a Saltillo, ya que era la única vía por la que Monterrey podría recibir auxilio del interior del país.
Asegura la información histórica que detenida la caballería mexicana ante la compacta y sólida infantería estadounidense y muerto el coronel Nájera, “El Teniente Coronel Mariano Moret, que pudo llegar al frente de 50 lanceros de Guanajuato hasta la terrible línea de hierro y fuego de los estadounidenses, hace atroz carnicería entre la infantería invasora, lanza en ristre, hasta quedar aislado en la refriega, muertos sus bravos soldados y él solo herido, llega intrépido hasta los mismos cañones enemigos donde, rota su lanza, tira de la espada y acuchilla, heróico y sublime a los artilleros estadounidenses, desconcertados en aquel punto por tan valiente carga. Después vuelve bridas y regresa a galope, cubierto de sudor, polvo y sangre, yendo a reunirse con el resto de la caballería que no pudo cargar… ¡Había recibido en su cuerpo, caballo y montura quince balas!…”
Una vez enfrentadas las dos fuerzas, ante el acoso de los estadounidenses, las fuerzas mexicanas se retiraron al Cerro del Obispado, donde los cañones comenzaron a disparar a las fuerzas de Worth, que se vio atacado por dos frentes, al unirse a la batalla el Fortín de la Federación, pero la falta de una ofensiva tenaz impidió definir una situación favorable.

En esta batalla se contó con la participación del Coronel José López Uraga y la del Batallón de San Patricio (conocida primeramente como Compañía de Fusileros Extranjeros). El primer combate, de los San Patricios como unidad mexicana se dio en esta Batalla (21 de septiembre de 1846), con una batería de artillería al mando de John Riley, anteriormente teniente del Ejército de Estados Unidos e inmigrante irlandés. Estos extranjeros, sirvieron con distinción y está documentado que rechazaron con éxito dos diferentes asaltos al corazón de la ciudad.
Ante esta primera derrota para tomar la ciudad de Monterrey con centenares de muertos del enemigo en los cruentos combates, tanto por las bravas tropas mexicanas como por la certera artillería de la fortificación de la Ciudadela, donde la operaban los San Patricios, cabe señalar que por serios problemas en los mandos militares -o viles traiciones que se achacarían a generales de Santa Ana en el desarrollo de esta guerra de invasión-, no se remató al enemigo, permitiéndole al día siguiente que la artillería norteamericana desatar una ofensiva a sitios militares, como igualmente la emprendió contra la población civil, y ello generó una situación de ya no sólo enfrentarse a las tropas mexicanas, sino mermar su moral y demás apoyos atacando a las familias de Monterrey, una experiencia que al Yankee le ha dado muy buenos resultados en sus guerras contra otros pueblos del mundo a lo largo de su historia como imperio. Toda esa barbarie contra los pobladores de Monterrey está registrada y se ha dado a conocer en recientes crónicas descubiertas y que fueron escritas por los mimos soldados norteamericanos, algunas de ellas publicadas por el investigador de la UANL, Raúl Martínez Salazar; inclusive se indica el hecho hasta en dibujos o pinturas de los soldados invasores, como Samuel Chamberlain, y por eso nuestro Congreso del Estado tiene referencia escrita en sus paredes de esa gesta heroica de nuestro pueblo.
La bravura del pueblo de Monterrey llevó a combates cuerpo a cuerpo con el invasor el día 23 de septiembre, distinguiéndose mujeres como María Josefa Zozaya y María de Jesús Dosamantes, y ante la resistencia popular y militar, el general Taylor pensó en reconocer su derrota; sin embargo, ésta fue presentada también por el general Ampudia y se firmó la capitulación de Monterrey el 24 de septiembre de 1846.
Así, ante tres días de cerco estadounidense, se llegó a un armisticio entre las dos fuerzas militares, dando una capitulación a las tropas mexicanas que salieron de la plaza con toda su artillería, sus armas, sus trenes de víveres y municiones, a tambor batiente y con banderas desplegadas, saludadas por el ejército estadounidense con todos los honores de la ordenanza. La evacuación de la plaza se verificó el 25 de septiembre, tomando el rumbo del Saltillo. El ejército invasor mantuvo ocupada la ciudad hasta su retirada el 18 de junio de 1848.
Llama la atención el sometimiento cultural que se ha guardado sobre tal hecho bélico en Monterrey, que hasta 166 años después, y gracias a un férreo insistir ciudadano y de autoridades responsables, se pudo llegar a establecer una plaza conmemorativa a tal contienda. Ojalá que podamos seguir recuperando nuestra historia y no dejemos de aprender de nuestro pueblo heróico y ejército republicano ante las luchas contra imperialismos que aún debemos de emprender porque siguen mancillando nuestra Soberanía Nacional.

Comentario del historiador Armando de León Montaño:
“Te faltó decir que una crónica que retoma los hechos, y que también luego de un siglo acaba de ser descubierta y publicada por la UANL, son las Memorias de don Jesús González Treviño (Tras las huellas de un cronista desconocido, de Virgilio Garza), quien detalla las torpezas de Santa Ana en esa batalla. La guerra estaba ganada, dice, pero por razones extrañas su alteza serenísima ordenó la retirada de las tropas y hasta hubo generales y soldados muy valientes que lloraron porque no los dejaron combatir (lo que hubiese dado otro giro a la historia)”.
No cabe duda, la presencia del Embajador de Irán Abolfazl Pasandideh, el pasado lunes 18 de mayo, puso en evidencia que se ha abierto un realidad de información prácticamente desconocida sobre la resistencia del Pueblo de Nuevo León a la barbarie Imperial ¡Venceremos! Todos los pueblos del mundo para construir un planeta de respeto al ser humano y a la Naturaleza. Bienvenido a estas tierra del Noreste Mexicano, Embajador Abolfazl Pasandideh.












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