El asesino de los beneficios©

‘El Rumor’…

Por huggo romerom™

Cuando no sabemos, entendemos, comprendemos, de algún asunto sea fiscal, laboral, mercantil, civil, penal o familiar es ‘muy grosero’,  ‘muy irresponsable’, ‘muy dañino’, ‘muy canceroso’, ‘muy visceral’ opinar sobre algo que escuchaste ni siquiera a medias, solo unas palabras y ya te formas un juicio y te conviertes en conocedor y promotor sobre un asunto que no tiene absolutamente nada que ver con lo que lo relacionas.

De la nada alertas a conocidos solo por algo que ‘crees’, no que conoces y ni idea tienes, confundir un tema de materia laboral con uno fiscal es garrafal y esto se da mucho en grupos donde se mueven a base de lo que ‘dicen’ los ‘opinólogos’ de profesión, esta situación es la que realmente es la causante de que la gente no acceda a los beneficios que pudiese tener si escucha a quien sabe lo que está exponiendo y cuenta con un conocimiento sólido y  una experiencia de años, pero además su objetivo es ayudar a las personas.

 …Porque, claro, en la república del “me dijeron”, cualquiera con WiFi y exceso de confianza se autoproclama perito.

El problema no es menor ni anecdótico; es estructural. El rumor, ese ente intangible pero persistente, opera como una figura paralela —y tristemente eficaz— de desinformación colectiva. No requiere pruebas, no exige fundamentos, no respeta jerarquías normativas ni distingue entre lo que es un derecho adquirido y una mera suposición de sobremesa. Y aun así, circula… y peor aún, convence.

En términos jurídicos —y con todo el respeto que el Derecho merece— el rumor es una especie de “prueba inexistente” que, sin embargo, produce efectos reales: inhibe decisiones, cancela oportunidades y, en no pocos casos, priva a las personas de beneficios legítimos. Una joya, ¿no? Lograr consecuencias sin sustento… brillante, si no fuera tan lamentable.

Resulta irónico —muy al estilo británico— que quienes menos comprenden un marco normativo sean, con frecuencia, los más entusiastas en interpretarlo. Como si el desconocimiento fuera una licencia tácita para opinar con autoridad. Una especie de doctrina paralela, no escrita, no publicada, pero sí ampliamente difundida en chats, cafés y pasillos corporativos.

Y así, entre el “dicen que”, el “según yo” y el “a un conocido le pasó”, se va construyendo una narrativa que desplaza al conocimiento real. Porque, evidentemente, años de estudio, experiencia profesional y criterio técnico pueden ser perfectamente sustituidos por un audio reenviado o una opinión improvisada… qué maravilla.

El daño, sin embargo, es concreto. Personas que dejan de ejercer derechos, que renuncian a beneficios fiscales, laborales o legales por miedo infundado. Empresas que frenan decisiones estratégicas por interpretaciones de ocasión. Individuos que prefieren la certeza del rumor a la incomodidad de la verdad.

En este contexto, la responsabilidad no es opcional. Opinar sin conocimiento no es libertad de expresión; es negligencia discursiva. Difundir información sin sustento no es participación; es contaminación intelectual. Y confundir materias jurídicas no es un error inocente; es, en el mejor de los casos, una torpeza costosa.

Porque al final del día, el rumor no solo desinforma… sentencia. No con la fuerza de la ley, sino con algo más peligroso: la ignorancia compartida.

Pero, en fin… siempre será más sencillo repetir que entender. Y mucho más cómodo opinar que estudiar. Después de todo, ¿quién necesita certeza cuando se tiene convicción mal fundamentada?

Jaque Mate… al rumor.

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