El último tren hacia la felicidad©

Por huggo romerom™

Esta no es una despedida dramática ni una carta de víctima. Es un acta de conciencia.
Tal vez —y lo digo sin miedo— esta sea mi última oportunidad real de ser feliz. No la única en teoría, sino la última con energía, con hambre, con tiempo suficiente para no mentirme.

Aceptar eso duele.
Aceptar que quienes no quieren estar —aunque alguna vez  hayan estado— deben dejarse ir, duele más.

Porque hay una verdad incómoda que pocos se atreven a pronunciar:
a veces amar también significa soltar.
Incluso amar eternamente y, aun así, cerrar la puerta.

No es castigo. Es dignidad.

Seguir soportando presencias incómodas, silencios torpes y despedidas no dichas es una forma elegante de la autodestrucción. Hay personas que ya no están, aunque sigan respirando cerca. En esos casos, lo más sano es asumirlo como se asume una muerte simbólica: con respeto, con duelo… y con distancia.

Dolerá, claro.
Como al árbol al que le cortan una rama.
Vuelve a crecer, sí, pero la cicatriz queda. Y también el recuerdo. Eso no se borra ni se niega; se integra.

A los que sí quieren estar, les debo algo más valioso que palabras: tiempo.
Tiempo que no di por estar transmitiendo en otro canal, persiguiendo fantasmas, apostando fichas donde ya no había mesa.

A los que están a medias, no más zonas grises.
O se quedan o se van.
Nada a media tinta.
La tibieza no construye, solo retrasa.

Este es también el año de estar alerta.
De abrir la puerta a nuevas personas y nuevas ideas.
De recuperar tiempo perdido.
De bajar a tierra todo lo que durante años vivió únicamente en la imaginación.
De concretar, ejecutar, fallar rápido y volver a intentar.

Se acabó escuchar voces que solo frenan y no aportan.
Si triunfo, que sea solo.
Si pierdo, que también lo sea.
Pero que no se perjudique a nadie en el camino.

Y si el triunfo llega —porque siempre llega para quien insiste con método— pondré la mesa.
Habrá lugar para los amigos pródigos que se fueron.
Todos merecen una enésima oportunidad.

No todos la aceptarán.
Algunos ya están demasiado endeudados moralmente. Su crédito está vencido y son, simple y llanamente, insolventes.
A otros, en cambio, les rogaré que vuelvan. Y les pediré perdón por mi estupidez de haberlos dejado atrás cuando más importaban.

Un amigo me dijo hace poco:
—Este debe ser el año en que comience nuestra bonanza.

Yo pensé algo distinto:
Este es el último año que me queda para lograr todo lo que quiero hacer.

Y sí, me disculpo. Pero así debe ser.

No quiero ser hojaldre, pero debo seguir el librito que una vez me llevó al éxito.
Lamento no llevar ya en el equipo a varios. Ellos se alejaron con algo de bonanza que no quisieron compartir. Lo aplaudo: al menos aseguran pan para mañana, cosa que para mí sigue siendo incierta.

Pero no puedo serle infiel a mis ideas.
Ni a mi adicción al riesgo.

Así que este año viajaré ligero.
Viajaré solo.
Me asociaré únicamente con quien comulgue con una fórmula simple y brutalmente honesta:

El éxito, a como dé lugar.

Sin ruido.
Sin lastre.
Sin miedo.

Porque esta vez no se trata de intentarlo.
Se trata de llegar o desaparecer para siempre.

Jaque  Mate  2026.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *