“ALITO” EL OMNIPRESENTE, LA TRAGICOMEDIA DE LA POLÍTICA MEXICANA

Dr. Lenin Torres Antonio

“¿Cuánto le pagaste?”.
“2.5 en dólares, puestos ya en Panamá.
Ya están listos, ya me contestó que los tiene”.
“El lunes sale el otro embarque
por los otros 2.5 en transferencia.
“Lamas, lo de Solá ya”.
Alito con una persona y la
instruye para otorgar 2.5 millones de dólares
al publicista español Antonio Solá.

México, todavía puberto en su corta y accidentada vida democrática, sigue mostrando más síntomas de simulación que de madurez política. Los signos de adultez institucional se desdibujan frente a una praxis pública dominada por inercias, viejos vicios y una clase política incapaz de reinventarse. Si alguna vez pensamos que el relevo en el poder con el obradorismo bastaría para inaugurar una transición auténticamente democrática, hoy resulta evidente que aquella esperanza quedó atrapada en la estructura misma del poder mexicano: un poder que, como el surrealismo, se presenta como real y tangible, pero termina siendo una colección grotesca de contradicciones, simulaciones y excesos.

Quisiéramos creer que estos tiempos clausuran definitivamente la época de la impostura, el engaño y la decadencia política; quisiéramos pensar que por fin asistimos al nacimiento de una ciudadanía adulta y de una democracia sólida. Sin embargo, la realidad desmiente el optimismo. Los datos, los comportamientos y, sobre todo, los personajes que integran la clase política mexicana -de un lado y del otro- revelan que el fondo permanece intacto, aunque las formas hayan cambiado. Se escupen hacia arriba décadas de corrupción, degradación moral, oportunismo y atraso ilustrado, y tarde o temprano toda esa podredumbre termina cayéndoles encima.

Las narrativas son nuevas, pero el contenido sigue siendo el mismo. El progresismo se pronuncia de dientes para afuera, mientras por dentro continúan intactos los apetitos egoístas y las ambiciones vulgares. El lenguaje cambia, las consignas se modernizan y los discursos se maquillan con causas nobles, pero el poder continúa operando bajo las mismas lógicas de siempre. Incluso la antigua solemnidad política se perdió: los espacios públicos han sido tomados por personajes prosaicos, estridentes y soberbios que se presentan como redentores de la democracia, aunque encarnen exactamente aquello que dicen combatir. Los de antes aseguran haberse renovado; los de ahora insisten en su inocencia y transparencia. Pero a unos y otros los delata su historia, su cinismo o su ignorancia.

Ya no sorprende escuchar a sinvergüenzas vociferar como si no tuvieran un pasado que los persiga. Tampoco impresiona ver a políticos embriagados de poder bostezar satisfechos, conscientes de que en México basta muy poco para mantenerse en la cima de la pirámide política: ruido, espectáculo y descaro.

En ese escenario emerge una figura particularmente representativa de la decadencia nacional: Alejandro Moreno, “Alito”. Sobreviviente del otrora partido hegemónico, el PRI, quien supo mudar de piel para adaptarse a los nuevos tiempos, sin abandonar jamás las peores prácticas del viejo régimen. Aprovechando la desesperación de grupos económicos y políticos que anhelan recuperar privilegios perdidos, logró adueñarse prácticamente a perpetuidad de la dirigencia priista, y convertirse en el portavoz de la oposición. Desde ahí se desliza impune, protegido por el fuero y la desmemoria, por foros televisivos, entrevistas y espacios mediáticos donde repite incansablemente una perorata ensayada, diseñada no para convencer, sino para hacer ruido, “México es Venezuela”, “Narco gobierno”, “México estaba mejor cuando gobernaba el PRI”, “los priistas saben gobernar”.

Alito representa quizá la versión más caricaturesca y descarnada de la clase política mexicana. Se ha convertido en portavoz de quienes, incapaces de construir una alternativa seria de nación, prefieren apostar por la estridencia y la propaganda. Ausente de propuestas legislativas relevantes, pero omnipresente en los medios, aparece como comentarista permanente del desastre nacional mientras evade explicar el suyo propio. Celebra incluso intervenciones extranjeras en asuntos mexicanos y posa con entusiasmo junto a figurillas internacionales de la derecha continental, creyendo que las fotografías sustituyen la legitimidad política.

Lo verdaderamente alarmante no es solamente su cinismo, sino la normalización social de ese cinismo. A Alito parece no incomodarle haber sido exhibido en audios donde reparte dinero, hacer alarde de su misoginia, presionar operadores políticos o hablando con vulgaridad sobre campañas y proveedores. Nada lo inmuta. Ni los escándalos, ni las acusaciones, ni la pérdida histórica de militancia en su partido. Porque entiende perfectamente el tiempo político que vivimos: el tiempo donde la verdad importa menos que la capacidad de repetir consignas hasta convertirlas en ruido permanente.

Su trayectoria es, además, profundamente reveladora. Desde las filas juveniles del PRI hasta los espacios de poder en Campeche, construyó una carrera marcada por el uso patrimonialista de la política. Acumuló poder, influencia y riqueza mientras el partido se desmoronaba, hasta quedarse prácticamente con el cadáver del viejo priismo. Y aún así pretende presentarse como paladín de la democracia y defensor del Estado de derecho.

Resulta grotesco observar cómo recita disciplinadamente el libreto de la derecha internacional: “narcoestado”, “dictadura”, “corrupción”, “autoritarismo”. Repite las palabras como mantras, aunque muchas veces carezca de pruebas o coherencia. Entendió que la política contemporánea ya no se libra solamente en las instituciones, sino en las redes sociales, los titulares y el espectáculo mediático. La estrategia es simple: repetir una mentira hasta desgastar la realidad.

Sin despeinarse, quieren llegar al 2027 sin haber construido un verdadero proyecto alternativo de nación, suplicando la alianza para “echar el mal de Palacio Nacional”.

No hay propuesta económica, ni visión social ni horizonte democrático; apenas una acumulación de ataques, frases recicladas y campañas de propaganda. Saben que la discusión seria exige ideas, y las ideas requieren trabajo intelectual y político, algo cada vez más escaso en la oposición tradicional mexicana. Por eso optan por la vieja fórmula goebbeliana: repetir, exagerar y polarizar.

Pero reducir el problema a Alito sería ingenuo. Él no es la enfermedad; apenas es el síntoma más visible de la putrefacción política nacional. Hay “alitos” por todas partes: priistas convertidos de pronto en fervientes obradoristas, panistas que padecen amnesia cuando se les recuerda sus propios escándalos de corrupción, dirigentes que hablan de democracia mientras secuestran partidos políticos, y personajes vacíos que sustituyen ideas por campañas publicitarias, jingles pegajosos o fotografías cuidadosamente calculadas.

La tragedia mexicana no radica solamente en sus malos políticos, sino en la persistencia de una cultura política que tolera, recicla y premia el cinismo. Cambian los colores, los slogans y las alianzas, pero el fondo permanece igual: una clase política que sigue viendo al país como botín y a la ciudadanía como espectadora pasiva de una tragicomedia interminable.

Y mientras eso no cambie, México seguirá atrapado entre el espectáculo y la simulación, creyéndose democracia madura cuando todavía no logra abandonar las mañas de su eterna adolescencia política.

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