El mundo en manos de la irracionalidad

Apuntes desde el suelo

Dr. Lenin Torres Antonio

La guerra en Ucrania ha dejado de ser únicamente un conflicto entre dos Estados. Se ha convertido en el escenario donde las grandes potencias disputan su hegemonía y donde la humanidad observa, con una mezcla de incertidumbre e impotencia, cómo el destino de millones de personas parece depender cada vez menos de la razón política y cada vez más de la lógica de la confrontación.

Quien intenta comprender este conflicto se enfrenta, en primer lugar, a un poderoso cerco mediático. No se trata de un fenómeno exclusivo de Occidente ni de Rusia. Ambos bloques han construido narrativas destinadas a justificar sus acciones y a moldear la percepción pública de la guerra.

La información se ha convertido en otra arma del conflicto, y distinguir los hechos de la propaganda resulta cada vez más difícil. Sin embargo, el verdadero problema va mucho más allá de la manipulación informativa. Lo verdaderamente inquietante es que el futuro de la humanidad parece encontrarse subordinado a intereses geopolíticos y estratégicos que han desplazado a la racionalidad como principio de conducción de la política internacional.

La pregunta es inevitable: ¿quién garantiza hoy que las decisiones de los actores involucrados responderán a criterios de prudencia y no a cálculos de poder?

La historia demuestra que las guerras rara vez permanecen bajo control cuando alcanzan determinados niveles de escalada.
Durante décadas se presentó el fin de la Guerra Fría como el triunfo definitivo de un modelo político y económico. La desaparición de la Unión Soviética parecía anunciar el fin de las grandes confrontaciones ideológicas.

Sin embargo, la realidad terminó desmintiendo ese optimismo. Las disputas por la hegemonía mundial no desaparecieron; simplemente cambiaron de forma.
Hoy asistimos a una nueva competencia entre bloques de poder en la que intervienen Estados Unidos, la OTAN, Rusia y, de manera creciente, China.

Detrás de los discursos sobre la democracia, la soberanía, la seguridad o la libertad, persisten intereses económicos, estratégicos y geopolíticos cuya magnitud resulta imposible ignorar.
Mientras tanto, los presupuestos militares aumentan de manera acelerada en prácticamente todas las grandes potencias. Recursos que podrían destinarse a combatir la pobreza, desarrollar la ciencia, fortalecer los sistemas de salud o enfrentar la crisis climática terminan financiando una carrera armamentista cuyo desenlace nadie puede prever.

En este escenario, la figura de Volodímir Zelenski ha adquirido una dimensión que trasciende la política interna de Ucrania. Para unos representa la resistencia frente a la invasión rusa; para otros se ha convertido en el símbolo de una estrategia impulsada por intereses occidentales mucho más amplios que los propios intereses del pueblo ucraniano.

Más allá de la valoración que cada quien haga de su liderazgo, resulta evidente que Ucrania difícilmente podría sostener una confrontación de esta magnitud sin el respaldo militar, tecnológico y de inteligencia proporcionado por las potencias occidentales. Esa realidad convierte el conflicto en algo mucho más complejo que una guerra bilateral.

El peligro aumenta conforme la confrontación escala. Los ataques cada vez más profundos sobre territorio ruso incrementan el riesgo de respuestas de mayor intensidad y reducen los márgenes para una solución negociada.

Cuando ambas partes consideran que ceder equivale a perder su supervivencia política o estratégica, el camino hacia una salida diplomática se estrecha peligrosamente.
Lo más dramático es que, detrás de todas las narrativas, permanece una realidad imposible de ocultar: miles de jóvenes ucranianos y rusos continúan muriendo.

Generaciones enteras están siendo sacrificadas mientras los centros de decisión política discuten objetivos estratégicos y equilibrios de poder.
Ninguna bandera, ningún discurso patriótico y ninguna justificación ideológica pueden borrar el costo humano de una guerra que destruye familias, ciudades y el futuro de millones de personas.

Quizá el mayor riesgo no sea únicamente la posibilidad de una confrontación de dimensiones globales, sino la normalización de la guerra como mecanismo para resolver disputas internacionales.

Cuando la humanidad acepta la lógica de la escalada como algo inevitable, comienza a perder la capacidad de imaginar alternativas políticas.
Por eso, el problema central ya no consiste en determinar quién posee toda la razón dentro del conflicto.

La verdadera amenaza es que la racionalidad política esté siendo sustituida por la lógica del enfrentamiento permanente.
Hoy el mundo no se encuentra únicamente en manos de un dirigente, de un gobierno o de una alianza militar. Se encuentra, sobre todo, en manos de una irracionalidad colectiva que parece incapaz de comprender que, en una era de armas de destrucción masiva, una guerra sin límites no tendrá vencedores.

La historia enseña que las civilizaciones no sólo desaparecen por la fuerza de sus enemigos; también pueden sucumbir cuando renuncian a la razón y permiten que el miedo, el fanatismo y la lógica del poder sustituyan a la política. Ese es, quizá, el verdadero peligro de nuestro tiempo.

Este artículo forma parte de las líneas de investigación sobre inteligencia política, gobernanza estratégica y prospectiva electoral desarrolladas por CONSILIUM.

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