Cada conferencia de prensa del fiscal Jáuregui destapa una mentira nueva.
Primero dijo que eran dos “instructores de la embajada” que solo daban cursos de drones. Luego, cuando empezaron a preguntar, cambió la historia: que iban “de aventón al aeropuerto” desde la comunidad de Polanco, a seis horas y media del megalaboratorio que acababan de desmantelar. Seis horas y media, carnal. Nadie da un aventón de seis horas y media en la sierra a las dos de la mañana.
Mientras Jáuregui malabareaba versiones, el periodista Luis Chaparro, de Pie de Nota, soltó los datos duros: no eran dos agentes, eran cuatro. Tres de ellos identificados como parte de la CIA, asignados desde hace tres años a la oficina de Monterrey. Portaban uniformes de la Agencia Estatal de Investigación de Chihuahua sin pertenecer a ella. Y fueron ellos quienes localizaron el laboratorio con su propia tecnología e inteligencia, no los mexicanos.
Hoy ya se conocen los nombres: John Dudley y Richard Leiter. El Washington Post y The New York Times confirmaron el vínculo con la CIA. Sheinbaum ya señaló públicamente que “el fiscal de Chihuahua cambió su versión” y la FGR tomó el caso. En el Senado, Morena pide citar a Maru Campos y a Jáuregui para que expliquen qué chingados estaban haciendo agencias extranjeras operando en suelo chihuahuense sin permiso federal.
Y mientras tanto, ¿la gobernadora? Corriendo a pedirle reunión de urgencia a Sheinbaum para intentar tapar lo que ya no se puede tapar.
Lo más grave no es el accidente. Lo más grave es que Chihuahua ya lleva años siendo laboratorio de operaciones extranjeras encubiertas, y nos estamos enterando por un barranco.
¿Cuántos más hay allá arriba que todavía no se han caído?
Tomado del perfil de Facebook de Jorge Alberto Holguín












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