Hora Cero: El regreso al principio ©

Por huggo romerom™

De repente, sin previo aviso, amaneces en el mismísimo fondo. Te rascas la cabeza y te preguntas: ¿a qué hora llegué aquí? Si lo tenías presupuestado, claro, pero no para tan pronto ni tan de golpe. Es como cuando el abogado del diablo te lee la cláusula escondida en el contrato y descubres que la vida no perdona retrasos: lo que no construiste antes, ahora lo exige con intereses.

Y ahí estás, con grilletes invisibles que nadie ve pero que pesan como cadenas medievales. No puedes desplegar talento con cadenas al tobillo. No puedes armar castillos en el aire si todavía cargas con los escombros de los derrumbes pasados. Todo luce gris, todo suena hueco, y sin embargo, ya sabemos el principio jurídico de la naturaleza: ‘después de la tormenta viene la calma’. Y para cumplir propósitos se necesita lo que la Constitución nunca otorgó en sus garantías: ‘tranquilidad, paz y, sobre todo, tiempo’. Sin eso, ni el más brillante puede levantar un dedo.

Yo lo sé porque llevo tatuado un proyecto que se llama PBAC. Muchos lo dejaron tirado en el camino, incluso hubo quien me dijo que era un fantasma de mi imaginación. Lo que ellos ignoran es que las ideas, cuando se invocan tantas veces, acaban materializándose. Y más si nacen con la misión de ayudar a otros. Si aún no he abandonado el proyecto, es porque algo —llámalo destino, fuerza superior, providencia o hasta conspiración cósmica— me mantiene atado a esta misión. No pienso pelear contra eso.

Llega el último trimestre del año y yo regreso, como viajero en el tiempo, a 1987: el año cero. Me toca otra vez empezar solo, porque la historia de familia terminó, sin culpables, sin bienes que repartir, sin hijos menores que dependan de mí en sentido material; solo filial, pero ese amor de padre siempre lo tendrán. Y aunque regreso al punto de partida, lo hago distinto: ya no soy el muchacho que arrancó sin nada, ahora soy un veterano con toda la experiencia del mundo y apenas un cuarto para la hora de partir.

Por eso no puedo fallar. Es la última tirada de dados, la jugada final del proceso, la sentencia que define el expediente. PBAC funcionará, porque está escrito en mis venas, y después de eso, quizás ya pueda entregarme a la muerte en paz.

He aquí mí hora cero: regreso al principio con las manos vacías, pero con el propósito más definido de mi vida. Y si la vida me lanzó de golpe al fondo, no es para enterrarme, sino para impulsarme como flecha hacia arriba. Porque hay derrotas que en realidad son providencias disfrazadas.

Jaque Mate 

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