UN MERITORIO O UN ‘NO MERITORIO’ ©

Por  huggo romerom™

Como celebración y reflexión del 1° de Mayo de 2026

El objetivo principal de un meritorio (especialmente en el ámbito judicial) es adquirir experiencia práctica, formación profesional y hacerse notar dentro de una institución o empresa para lograr, a mediano o largo plazo, una plaza remunerada.

Hasta aquí, la teoría suena impecable, casi kantiana: el deber ser del mérito como camino racional hacia el reconocimiento institucional. Sin embargo, en la praxis —esa jungla donde el Derecho se quita la toga y se arremanga la camisa— ocurre un fenómeno curioso, casi metafísico: el mérito existe… pero no siempre asciende.

Porque mientras el meritorio litiga, redacta, aprende, corrige, se equivoca y vuelve a empezar —es decir, mientras construye conocimiento real—, en algún punto del organigrama aparece una figura exógena, traída de tierras lejanas, investida no por la experiencia empírica sino por el misterioso principio de afinidad social. Y entonces, lo que debía ser una progresión natural se convierte en un pequeño experimento sociológico: ¿qué pasa cuando alguien que no conoce el sistema intenta operarlo desde arriba?

La respuesta suele ser elegante en teoría y caótica en ejecución.

Desde una perspectiva jurídico-filosófica, podríamos decir que se rompe el principio de continuidad funcional. En términos más urbanos: el que viene de fuera tarda en entender cómo se mueven las piezas, mientras el que ya estaba jugando conoce hasta el rechinido de la puerta. Y ese tiempo de adaptación no es neutro: tiene costo. Un costo que no paga la institución, ni el recién llegado, sino el usuario.

Ese usuario que no busca discursos, sino soluciones. Que no necesita simpatía institucional, sino asesoría efectiva. Que no tiene tiempo para que alguien “aprenda el sistema”, porque él llegó justamente para resolver un problema, no para ser parte de un proceso pedagógico involuntario.

Y es ahí donde la sátira se vuelve inevitable.

Porque resulta que, mientras el meritorio domina el expediente, el criterio y el ritmo de trabajo, el externo muchas veces domina otra cosa: el arte fino de la integración social. Se adapta rápido, sí… pero al café, a la charla, al anecdotario de pasillo, a los aquelarres gastronómicos que surgen con una naturalidad casi constitucional. Y uno no cuestiona la convivencia —faltaba más—, pero cuando la balanza se inclina hacia el ambiente y no hacia el trabajo, entonces ya no estamos frente a una curva de aprendizaje, sino ante una curva de distracción.

En términos más claros: se aprende primero dónde sirven el mejor pan dulce antes que dónde está el criterio jurisprudencial aplicable.

Ahora bien, desde un punto de vista práctico —y, si se nos permite la osadía, ligeramente justo—, cuando se abre un puesto, la lógica indicaría que primero se someta a escrutinio a quienes ya habitan el sistema, a los meritorios que llevan meses o años “encajando en el molde” sin necesidad de manual de instrucciones. Y es altamente probable —por no decir estadísticamente incómodo— que de ese universo emerjan no uno, sino varios perfiles idóneos; digamos, una decena de candidatos que no requieren inducción, frente a la elegante apuesta de incorporar a alguien que, con todo respeto, vendrá a aprender precisamente de esos mismos diez.

Y aquí es donde entra la analogía deportiva, que nunca falla porque es brutalmente honesta. Si tienes fuerzas inferiores —cantera, talento en formación, jugadores que ya conocen la cancha— ¿para qué traer a alguien de otro equipo que necesita meses para entender la jugada? El fútbol, a diferencia de ciertas oficinas, no tiene paciencia con la curva de adaptación: o rindes o te sientas.

Pero en algunas instituciones, pareciera que el marcador no importa tanto como la convivencia en el vestidor.

No se trata de cerrar la puerta a lo externo —eso sería dogmático—, sino de respetar el principio básico de eficiencia institucional: quien ya hace el trabajo, quien ya entiende el sistema, quien ya resuelve, tiene una ventaja ontológica que no debería ignorarse. Porque el mérito no es una promesa futura, es una realidad presente.

Y cuando esa realidad se ignora, el mensaje es sutil pero devastador: no importa cuánto aprendas, cuánto trabajes o cuánto mejores… siempre puede llegar alguien que no necesita haber recorrido el camino.

Eso, más que injusto, es ineficiente.

Al final, el Derecho —y cualquier estructura profesional— debería aspirar a algo muy simple: que el conocimiento útil prevalezca sobre la improvisación elegante. Porque el usuario no evalúa simpatías, evalúa resultados.

Y en ese tribunal silencioso donde dicta sentencia la experiencia, el meritorio ya lleva ventaja… aunque a veces, paradójicamente, siga esperando turno en la banca.

Jaque Mate al sistema desde adentro; porque para eso es el sistema de ‘meritorios’; formación profesional y laboral para cubrir las vacantes y se asesina desde adentro al traer externos antes de dar oportunidad a las personas que están realmente apoyando desde hace años inclusive.

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