10 Años©

Por huggo romerom™

Hay décadas que pasan sin dejar huella, y hay diez años que construyen una vida entera.

Entre los 29 y los 39 años viví una etapa que fue, sin exagerar, uno de los grandes parteaguas de mi existencia. Fue el tiempo en que nació mi hijo. Diez años en los que aprendí más de la vida que en todas las décadas anteriores.

Durante diecinueve años no había escuchado el llanto de un niño en casa. Mucho menos en las madrugadas. Ese sonido frágil, vulnerable, que despierta algo primitivo en el alma de un padre. De pronto regresó a mi vida esa pequeña voz que aún no sabía hablar, pero que ya sabía decirlo todo.

Y también regresó la angustia.

Esa angustia silenciosa que uno tiene que disfrazar cuando un bebé se enferma y no puede decir qué le duele. Cuando lo miras y sabes que algo no está bien, pero todavía no existe el lenguaje que te lo explique. Entonces aprendes a leer gestos, respiraciones, silencios. Aprendes a convertirte en traductor del alma de un niño.

Y así, prácticamente vas creciendo con él.

Tus amigos contemporáneos, los de tu generación, de repente se convierten en sus “tíos”, en sus “padrinos”, en una especie de tribu afectiva que también lo ve crecer. Y sin darte cuenta ese niño se vuelve tu amigo infaltable y necesario.

Un día te descubres mirándolo y entiendes algo extraño: te estás viendo reflejado.

A veces incluso tienes que asumir otro papel para poder comprender su mundo. Hay momentos en que uno deja de sentirse padre y se vuelve el hermano mayor, para poder empatizar con sus amigos, con sus códigos, con sus silencios.

Pero también está ese momento inevitable.

Ese hueco en la panza cuando empieza a hacer cosas en las que podría lastimarse. Cuando corre, cuando se trepa, cuando explora el mundo con la inconsciencia maravillosa de la infancia. Y entonces entiendes que hay una lección inevitable: hay que dejarlo, porque también tiene que aprender.

Desgraciadamente no existe un manual para ser padre. Si existiera, seguramente se agotaría. Y menos en aquellos albores de los noventa, donde muchas cosas todavía se aprendían a prueba y error.

Ser padre también fue aprender con él las nuevas tendencias, la tecnología, lo que venía llegando al mundo. Los hijos terminan enseñándole a uno más de lo que uno imaginaba enseñarles.

Y si algo he aprendido de mis hijos es eso.

Porque también tengo una hija que llegó como cuando la batería de la vida está en rojo, cayendo en picada… y de repente aparece un subidón inesperado. Una niña mega inteligente, con dones extraños, casi místicos, tipo Ghost Whisperer. Pero esa historia pertenece todavía a la imaginaria, porque también su contribución a mi vida merece su propio relato.

Regresando a esos diez años…

Hoy todavía hay amigos que conocieron a mi hijo cuando era niño y me preguntan:

—Oye, ¿y el niño aquel que tomaba refresco negro con letras blancas, helado de lata?

— ¿El comprador compulsivo?

— ¿El que con cuatro años iba a la tienda y cuando le preguntabas a qué iba contestaba: “A ver qué quello”?

Ese niño que luego se volvió adolescente enamorado de la fotografía. El de los relojes Casio. El de los primeros celulares. Aquel niño de brackets. Aquel joven del CIDEB. Aquel muchacho al que se le dio la libertad de hacer y elegir lo que le gustara para dedicarse en la vida.

Todo eso tuvo una base muy simple: diez años de amistad entre padre e hijo.

Su mamá trabajaba en una empresa, y sus horarios laborales muchas veces no le permitieron estar con él como a mí me tocó hacerlo. Yo, al trabajar por mi cuenta, tuve la fortuna —y el privilegio— de estar cerca de él.

Tan cerca que a veces hasta peleábamos como hermanos.

De repente uno se desubica un poco cuando vive y va a todos lados siempre junto con su hijo. Lo llevé a la guardería, al kínder, a la primaria y a la secundaria. Solo él y yo.

Tanto así, que mucha gente pensaba que yo era papá soltero.

Incluso fui hasta su Cadbury.

Y en medio de todo eso compartimos cosas curiosas, como la rubéola y la cuarentena al mismo tiempo. Experiencias que, vistas con el tiempo, terminan siendo parte de ese archivo emocional que uno guarda para siempre.

Hoy, cuando analizo las cosas con calma, entiendo algo profundo:

Él es el único amigo al que le confiaría mi vida misma.

Porque esos diez años fueron una inversión emocional enorme. Probablemente de las mejores inversiones de mi vida.

Yo creo que hice un buen trabajo.

Bueno… eso digo yo.

Tal vez apenas alcance el seis de calificación como padre.

Pero lo intenté.

Y lo hice con todo el amor posible.

Después vinieron otros diez años que también fueron una inversión muy sólida. Aunque esos ya fueron compartidos de otra manera. Pero esa es otra historia que, como dije antes, sigue viviendo en la imaginaria, perfeccionándose entre recuerdos y momentos extraordinarios.

Por ahora solo queda decir algo sencillo y profundo:

Gracias, hijo, por nacer.
Por ser.
Y por estar.

Creciste escuchando Maná y “juntando los quepos”, mientras yo aprendía, casi sin darme cuenta, que ser padre no es una ciencia exacta. Diciendo ‘me quello meteir’ y quería salir; ‘me quello talir’ y quería entrar

Es más bien un acto de amor permanente.

Y si al final de esta historia logré sacar un seis como padre, entonces puedo decir que esos diez años valieron absolutamente toda la vida.

Aquí siempre he recibido el Jaque Mate.

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