Jóvenes enfermos de lo que antes ni existía ©

Por huggo romerom™

A ver, seamos claros: los chavos del nuevo milenio no nacieron enfermos, pero los medios digitales y las redes sociales se han encargado de venderles la idea de que sí lo están. Y ojo, no digo que no exista la salud mental como tema serio (porque sí lo es), pero lo que estamos viendo es un auténtico mercado de diagnósticos, etiquetas y pastillas para mentes que, en su mayoría, estaban sanas hasta que un dispositivo “inteligente” les susurró lo contrario.

Los ‘Baby Boomers’ crecimos con la vida a chingadazos: guerras, crisis, carencias y familias donde la terapia era un regaño con chancla o un consejo con tequila. Te curabas la gripa con limón y sal, y las broncas emocionales se resolvían trabajando o echándole ganas. No había tiempo para “estar enfermo de la mente” porque la vida real te exigía moverte o te pasaba por encima.

Hoy, en cambio, los teléfonos “inteligentes” y las plataformas digitales han logrado lo impensable: enfermar a generaciones completas de mentes sanas. La estrategia es simple: bombardearlos con discursos de que todo es ansiedad, depresión, TDAH, toxicidad, burnout y un largo etcétera de etiquetas que se multiplican como si fueran apps. ¿Resultado? Jóvenes convencidos de que la vida es insoportable sin un diagnóstico y, de paso, un medicamento. Negocio redondo para farmacéuticas y coaches de Instagram.

Claro, la OMS  y los expertos dicen que lo positivo del nuevo milenio es que hay mayor conciencia sobre salud mental, más apertura para hablar, y que ahora está bien visto alejarte de “amistades tóxicas” o relaciones que no aportan. Y no está mal, hasta parece civilizado que alguien diga: “me alejo para cuidar mi salud mental”. Pero, seamos francos, este discurso también ha generado una cultura donde todo es diagnóstico, todo es “trigger”, y todo es justificable bajo el paraguas de la “fragilidad emocional”.

Los ‘Clásicos’ (porque decir “antiguos” suena feo), no teníamos esas broncas. Quizá estábamos medio locos de nacimiento, pero era por genética, no por algoritmos. La locura venía de fábrica, no de TikTok. Y lo peor es que este circo digital no busca sanar, sino vender: vender likes, vender consultas online, vender medicamentos para enfermedades que a veces ni están reconocidas clínicamente.

En términos jurídicos, lo que vivimos es una patología social inducida, una especie de daño colectivo al estilo de un contrato leonino: uno firma aceptando los términos de una enfermedad que nunca pidió, y la contraparte (redes, medios, farmacéuticas) cobra la indemnización en dólares. Filosóficamente, es el triunfo de la hiperconciencia: pensar tanto en cuidarte que terminas más frágil que nunca. Clínicamente, es un exceso de etiquetas que terminan creando pacientes donde antes había personas.

La Realidad: los jóvenes no nacieron enfermos, pero se lo creyeron porque alguien necesitaba venderles que lo estaban. Y mientras ellos navegan entre diagnósticos digitales, nosotros seguimos con limón y sal. No éramos inmunes, pero al menos no nos vendían la enfermedad como si fuera el último modelo de celular.

En conclusión, lo que observamos a partir del nuevo milenio es una paradoja: mientras la apertura hacia la salud mental ha permitido visibilizar problemas antes silenciados, también ha abierto la puerta a la comercialización indiscriminada del malestar psicológico. Nos enfrentamos a una generación que, en muchos casos, no está enferma, pero que ha sido convencida de lo contrario. El reto, entonces, no es negar la importancia de la salud mental, sino discernir entre el cuidado genuino y la industria que ha hecho de la fragilidad emocional un producto rentable.

Esto no se vale la verdad, pero los que hacen billetes enfermando a las nuevas generaciones usan el vale como ‘me vale madre mientras gane $$$’.

Jaque Mate

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