Por huggo romerom™

Hay momentos en los que, aun sin querer queriendo, el camino te obliga a una pausa. La salud —esa autoridad suprema que no admite recursos ni amparos— ordena detenerse, y el cuerpo, disciplinado, acata. No queda margen para la rebeldía cuando respirar se vuelve una tarea consciente y la tos interrumpe cualquier intento de normalidad.
Tal vez también influye el pudor profesional: cuando tu labor es de atención al público, no deseas ofrecer un espectáculo trágico-cómico en el que no puedes hablar sin toser ni sostener una frase completa. Los usuarios, con toda lógica, piensan: “Si tose cincuenta segundos de cada minuto, ¿qué demonios está haciendo aquí? ¡A llevar sus virus a otro lado!”
Y tienen razón.
Hoy y ayer dejé de ayudar personas, y eso —paradójicamente— me duele más que la enfermedad misma. No sé explicar con precisión por qué, si racionalmente sé que solo participo en una parte del proceso, una parte vital, sí, pero no el todo. Aun así, la ausencia pesa.
Tengo un viernes de descanso forzado, y no me gusta.
En medio de esta pausa leí una frase que me cayó como sentencia firme:
“Cuando mejoras la vida de alguien a través de tu trabajo, es imposible que tu vida no mejore también.”
Ahí entendí todo. Esa idea no es solo una frase bonita; es la síntesis de mi filosofía de trabajo y de vida. Por eso la enfermedad incomoda más de lo habitual: porque interrumpe el sentido.
Por supuesto, si no estoy, la vida sigue. Los procesos avanzan, las soluciones llegan, porque así debe ser. No soy un ombudsman —todavía— aunque aspiro legítimamente a serlo. Para eso estoy construyendo bases, estructuras y criterios en el lugar donde hoy presto mi servicio social.
Estoy convencido de que existe mucha injusticia que no nace de la maldad, sino de la ignorancia. Y quienes hemos tenido acceso a la educación tenemos no solo la posibilidad, sino la obligación moral de combatirla. En cualquier ámbito, en cualquier rubro: si puedes mejorar la vida de alguien, hazlo. A veces basta un acto mínimo, casi invisible, para marcar una diferencia real.
De este mundo no te llevas nada material, pero la certeza de haber contribuido a que alguien viviera mejor es un patrimonio intangible, y ese sí trasciende.
Este texto es un pensamiento en solitario. Un soliloquio. Casi un monólogo. Un acto quijotesco, quizá, pero también una máxima personal. Casi nunca me enfermo, gracias a Dios; tal vez por eso hoy divago. Me disculpo de antemano, aunque dicen que los niños, los borrachos y los enfermos siempre dicen la verdad… y hoy tengo un poco de las tres cosas, jajajaja.
Aprovecho para decirlo: este 2026, con una asociación adecuada, podremos realizar dos proyectos masivos de ayuda para personas físicas y morales. Jubilados, pensionados y asalariados: hay un proyecto específico para ustedes que puede representar un alivio importante en términos fiscales.
No sé si estoy soñando o despierto, pero con 38° de temperatura, es evidente que estoy desvariando.
Jaque mate, al menos con febrícula.












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