Legalidad, no legalidá©

Por huggo romerom™ — escritor

Para empezar, se dice legalidad, no legalidá.
Pero claro, cuando alguien pronuncia la palabra correctamente, siempre aparece el coro de burlones profesionales que sueltan la risita nerviosa, como si hablar de ley fuera un chiste de cantina.

La risa no es casual.
Es miedo disfrazado de sarcasmo.

Porque hay toda una fauna que vive precisamente de lo contrario: de torcer la ley, doblarla, maquillarla o simular que no existe. Para ellos la legalidad es un estorbo, una piedra en el zapato, un virus que amenaza su modelo de negocios.

Modelo que, por cierto, suele consistir en intentar legalizar lo ilegal.

Y ahí empieza el espectáculo.

Facturas infladas que milagrosamente cuadran en contabilidades creativas.
Documentos que aparecen y desaparecen como trucos de magia administrativa.
Firmas que nadie recuerda haber hecho.
Cargos que nadie autorizó.
Funciones que nadie otorgó pero que alguien decidió ejercer.

Todo envuelto en el mismo discurso de siempre:

—“No pasa nada, así se hacen los negocios.”

Negocios, dicen.

En realidad es un coctel jurídico bastante conocido: fraude, falsificación documental, administración fraudulenta, simulación de actos jurídicos, usurpación de funciones… y otros delitos acumulados que, cuando se juntan, dejan de parecer travesuras de oficina y empiezan a parecer expedientes penales bastante gordos.

Pero la comedia no termina ahí.

Porque también están los eruditos de utilería, esos que pasaron por la universidad como quien pasa por un buffet: agarrando lo que pudieron copiar sin entender demasiado qué estaban masticando.

Memorizaron dos artículos de alguna ley, aprendieron a decir “con fundamento en” y ya con eso se sienten ministros de la Suprema Corte del café de la esquina.

El problema es que tener un título no garantiza conocimiento.

Hoy cualquiera puede atravesar niveles académicos haciendo trampa, copiando exámenes, reciclando trabajos o sobreviviendo a base de acordeones intelectuales. Lo difícil viene después, cuando la realidad exige algo más complicado que repetir palabras bonitas: entender lo que significan.

Y ahí es donde muchos cerebros empiezan a fallar como motor mal afinado: hacen ruido, echan humo, citan artículos fuera de contexto… pero no carburan.

Por eso sigo diciendo, pidiendo y exigiendo legalidad.

Repito: legalidad, no legalidá.

Porque la legalidad no es una ocurrencia moral ni una palabra elegante para discursos aburridos.
Es un principio jurídico fundamental que establece que todas las acciones —de autoridades y ciudadanos— deben ajustarse al ordenamiento jurídico vigente.

En términos simples: nadie está por encima de la ley.

La legalidad implica actuar bajo el imperio de las normas, garantizando justicia, seguridad jurídica y límites claros contra la arbitrariedad. Busca que exista igualdad ante la ley y respeto a los derechos humanos.

Es la columna vertebral del Estado de Derecho, donde gobiernan las leyes y no los caprichos, amistades, favores o negocios disfrazados de decisiones administrativas.

Pero claro…
para quienes viven de torcer papeles y manipular procedimientos, la palabra legalidad produce una reacción alérgica inmediata.

Por eso se burlan.

Porque saben que nada es más peligroso para sus “negocios inteligentes” que alguien que realmente conoce la ley. Alguien que entiende cómo funciona un contrato, cómo se configura un fraude, qué significa falsificar documentos o administrar recursos ajenos como si fueran propios.

Ese tipo de persona no compra cuentos.

Ese tipo de persona pone freno.

Y cuando el freno aparece, el sarcasmo se vuelve mecanismo de defensa.

Ahí es cuando empiezan las bromas sobre la famosa legalidá.
Las carcajadas nerviosas.
Los comentarios condescendientes.

Y uno no puede evitar recordar aquel viejo chiste.

Dos ahorcados llevaban tres días colgados.
Ya empezaban a engusanarse.

Uno voltea al otro y, entre carcajadas podridas, le dice:

—“¡Jajajaja! ¿Qué nos van a hacer? ¿Que actuemos con legalidá? ¡Jajajaja!… Págame esa factura inflada y ahí vamos.”

El chiste, como dicen, se cuenta solo.

Porque cuando la legalidad llega de verdad, el escenario cambia.

La risa se acaba.

Los documentos falsos dejan de ser “detalles administrativos”.
Las facturas infladas dejan de ser “ajustes contables”.
Las funciones usurpadas dejan de ser “favores entre amigos”.

Y entonces muchos descubren que el sarcasmo no sirve como defensa jurídica.

En ese momento el chiste ya no ocurre en la sobremesa de oficina.

Ocurre en un espacio bastante más pequeño.

Un cuarto de uno por uno, con barrotes, donde el traje elegante cambia por un smoking de rayas y donde los mismos que se reían de la legalidad empiezan a entender, demasiado tarde, que la ley no era un chiste.

Era el límite.

Y siempre lo fue.

Jaque Mate Legal®

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