Por huggo romerom™

Dicen que uno nunca vuelve del todo a los lugares de donde se fue. Pero la vida —que tiene un extraño sentido del humor— a veces decide lo contrario. Y entonces te pone nuevamente en el ruedo.
Después de dieciséis años de autoexilio del mundo de las oficinas, regresé. Un poco por obligación, un poco por requisito académico —hacer el servicio social de una segunda carrera—, pero sobre todo por algo mucho más poderoso: la oportunidad de ayudar a las personas.
Y así, sin previo aviso, volví al ambiente ejecutivo.
Confieso que fue una experiencia rara. Muy rara.
De pronto estás rodeado de personas que podrían ser tus nietos —digo, podrían— por las edades. Porque hacer el servicio social de una segunda carrera a los 63 años no es algo que el manual de la vida contemple con demasiada frecuencia.
Lo primero que descubres es que ya no entiendes ni el código de vestimenta.
En mis tiempos la corbata era casi un sacramento corporativo. Hoy resulta que casi nadie usa corbata. Yo llegué preparado para el protocolo y me encontré con un mundo donde el “business casual” parece haberse vuelto religión.
En ese momento uno comprende algo: ya no eres un chavo-ruco.
Eso ya quedó muy atrás.
Ahora perteneces a una nueva categoría evolutiva:
el super-ruco.
O si se quiere decir con más elegancia: un gentleman de vitrina.
Ni siquiera estamos en peligro de extinción; más bien somos como esos vinos añejos que nadie produce ya, pero que cuando aparecen, alguien siempre aprecia.
El único consuelo —y también una gran verdad— es que lo clásico y la experiencia nunca pasan de moda.
Sería absurdo sentirse mal por la edad. Al final, en eso todos coincidimos. Los que hoy tienen veinte años, si la vida les concede el privilegio, llegarán inevitablemente a los sesenta. En el mejor de los casos. A menos que decidan entregar el equipo antes de tiempo, como diría el lenguaje deportivo de la vida.
Pero hay algo extraordinario que ocurre cuando decides ayudar a otras personas.
Eso te vigoriza.
Te obliga a pensar otra vez, a analizar, a buscar soluciones, a tratar de sacar el mejor provecho posible para quienes necesitan orientación o apoyo. Y en ese proceso uno descubre que la mente vuelve a encender motores.
Por eso, para mí, esta oportunidad es una bendición.
Y aquí merece una mención especial mi jefa. Lo digo sin ánimo de adulación —porque si algo me caracteriza es la franqueza, que es a la vez mi primer y mayor defecto—: todos los días le aprendo algo.
Trabajar con ella es como asistir a una cátedra práctica permanente.
Cada asunto que me encomienda es una lección. Y cuando me equivoco —porque claro que me equivoco— la retroalimentación llega a tiempo, me rescata del error y me deja el conocimiento que se necesita para hacer mejor este trabajo.
Eso vale oro.
Por eso, de verdad, gracias por la oportunidad de volver al ruedo.
Esta vez no pienso retirarme otra vez.
Porque pensar, trabajar y ayudar a otros da algo que ninguna jubilación puede ofrecer: un motivo para seguir adelante.
Además, vienen proyectos importantes. De esos de grandes ligas.
Proyectos marca Golden.
Proyectos diseñados para oldies, para super-rucos, para los que sabemos que la edad no es un retiro… sino simplemente otra etapa del juego.
Y si algo he aprendido en esta vuelta inesperada al ruedo es que la experiencia no se jubila.
Solo estaba esperando la siguiente oportunidad de entrar a la arena;
¡Ole!











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