La reforma electoral no está en manos de la oposición, sino de los aliados del oficialismo

Eleazar Fuentes Gutiérrez

La discusión o debate de la reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum no es precisamente un ajuste inofensivo al sistema; tiene fondo. Pero hoy el análisis no lo hago sobre eso. Hoy quiero interpretar algo distinto: la última decisión la tienen los más pequeños.

Para que una reforma de ese nivel avance y se legitime necesita un consenso amplio. Y aquí la pregunta es clara: ¿Morena por sí solo tiene esa amplitud? No. No la tiene. Ocupa a sus aliados, el PT y el Partido Verde.

Una reforma constitucional ocupa dos terceras partes de los votos. En la Cámara de Diputados se requieren 334; Morena tiene 253 y necesita completar con el PT y el Verde para alcanzar esa cifra. En el Senado se requieren 82 votos; Morena tiene 69 y sus aliados alrededor de 20 más. Es decir, sin coalición no alcanza. Además, una reforma de esta categoría es bicameral: debe aprobarse tanto en Diputados como en el Senado y después pasar a los congresos estatales, donde ocupa la ratificación de al menos 16 de 32. No es un trámite menor ni una simple mayoría circunstancial.

Morena por sí solo no puede aprobarla. Ocupa la ayuda de la coalición. Pero aquí está el punto: esta reforma busca disminuir el presupuesto a los partidos y cambiar la forma de elegir plurinominales. El PT y el Verde sobreviven y negocian gracias a los pluris; si se modifican o se reducen, se ven directamente afectados.

Los partidos pequeños viven en mayor medida del financiamiento público. Morena, por su tamaño y estructura, puede resistir un recorte; ellos no. Y como todo en política, primero se piensa en la supervivencia institucional. Un partido pequeño no vota reformas que puedan reducir su margen de negociación futura.

En ese contexto pueden darse distintos escenarios: que se negocie y se ajuste la reforma para no afectar tanto a la coalición, que se intente una presión política para disciplinar a los aliados —algo poco probable porque rompería el bloque— o que simplemente se congele y quede más como postura discursiva que como realidad legislativa.

Este análisis no se trata de si la reforma es buena o mala, sino de la correlación de fuerzas políticas. Hoy la decisión no está en la oposición; está en los aliados del oficialismo.

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