Escuela de Jubilados y Pensionados©Por huggo romerom™


Hay escuelas que forman profesionistas, otras que moldean ideologías… y luego está esta: una institución silenciosa, omnipresente y peligrosamente normalizada. La única escuela en la que no me nace estudiar.

Incluso conozco muchos que, estando dentro, no se quieren graduar —una paradoja existencial—, mientras que la mayoría, desde el primer día de inscripción, vive obsesionada con la ceremonia final. La graduación, aquí, no es un logro académico: es una aspiración cultural profundamente arraigada, casi un mandato generacional. Es, ni más ni menos, que la culminación del llamado “Sueño Mexicano”.

Desde la infancia —y sin mayor debate epistemológico o jurídico— al 85% de la población se le implanta una idea como dogma:
“Debes tener un trabajo en una empresa o institución para que tengas una jubilación o una pensión al final de tu vida.”

Y así, sin derecho de audiencia ni principio de contradicción, se nos imponen las grandes directrices institucionales: PEMEX, IMSS, ISSSTE, CFE… como si fueran no solo opciones laborales, sino destinos inevitables. Una suerte de contrato social no escrito, donde el individuo cede su libertad económica a cambio de una promesa futura que, en términos jurídicos, bien podría analizarse bajo la óptica de la expectativa de derecho… o incluso del riesgo latente de su incumplimiento.

Pero la trama se complejiza.

Muchos avanzan a la siguiente fase —una que, con ironía y crudeza, podría denominarse como “crimen legalizado”—: los sindicatos. Ahí, el fenómeno deja de ser aspiracional para convertirse en estructural. Se forman cuadros que, desde jóvenes, “se gradúan” por méritos en campaña: porros, acarreadores, paleros… o, en términos más urbanos, especialistas en vivir de gorra desde temprana edad.

Porque esa es, en el fondo, la verdadera graduación de esta escuela: alcanzar la vejez sostenido por un sistema donde otros trabajan para mantenerte. Un “multinivel generacional” perfectamente tolerado, legitimado y, en ocasiones, blindado por estructuras jurídicas y políticas que bordean —cuando no rebasan— la línea de la justicia social.

Y lo más inquietante: muchos ya graduados siguen siendo piezas funcionales del mismo engranaje sindical que los utilizó para llegar ahí. Proveedores de intereses, no beneficiarios plenos.

Ahora bien, sería injusto no reconocer a quienes, pasando por esta escuela —porque todos, por el simple transcurso del tiempo, estamos inscritos—, deciden no graduarse en el sentido tradicional. Aquellos que, en un acto casi de rebeldía filosófica, continúan desarrollando sus capacidades intelectuales y su espíritu emprendedor.

Porque la experiencia, esa que no está tipificada en ningún código pero que pesa más que cualquier título, no se jubila.
Se resiste.
Y, sobre todo, no sabe “tirar barra” viviendo de gorra.

A los graduados… ¿qué decirles?

Son producto de una narrativa generacional. Fueron educados bajo un modelo donde la vida es lineal, predecible y, en cierto modo, resignada. Como artistas que dan su función y abandonan el escenario sin cuestionar el guion, muchos simplemente transitan por la secuencia clásica:
Naces, creces, te reproduces y mueres.

Sin litigio interno.
Sin amparo existencial.
Sin preguntas.

Solo haces… y a veces, también heces. Y bye.

Por si fuera poco, el fenómeno ha evolucionado. Hoy existen los “coaches” de esta escuela, nuevos intermediarios del sistema que, con tono motivacional y discurso técnico, te preguntan:
“¿Ya sabes cómo te vas a graduar?”

Te invitan a preparar tu “papelería”, como si se tratara de un trámite administrativo más. Claro, con su respectiva “corta por adelantado”… y de los verdes.

Después, el primer cheque —ese símbolo de llegada— sufre su propia metamorfosis lingüística:
te lo birlan, despojan, sustraen, afanan… o, en un español más directo, te lo roban.

No obstante, en honor a la verdad, existen personas honestas que ofrecen apoyo en este proceso con costos razonables. Son escasos, casi excepcionales… pero existen. Como toda figura atípica dentro de un sistema que, por diseño o por deformación, tiende a normalizar lo cuestionable.


Al final, la pregunta no es si vas a entrar a esta escuela —porque ya estás dentro—, sino si realmente quieres graduarte bajo sus reglas… o si prefieres reescribir tu propio plan de estudios.

Porque en esta institución, más que nunca, el verdadero acto revolucionario es pensar.

Jaque Mate de Graduación.

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