Como si no existiéramos!

A propósito del renovado y peligroso espíritu imperial de los EEUU y el sepultamiento del pensamiento ilustrado de Occidente.

Apuntes desde el suelo

Dr. Lenin Torres Antonio

“Este es el Hemisferio Occidental.
Aquí es donde vivimos y
no vamos a permitir que el Hemisferio Occidental
sea una base de operaciones para adversarios
y rivales de Estados Unidos”.
Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos.

Hablar del hemisferio occidental como si fuera una propiedad privada no es un error diplomático ni un exceso retórico: es la expresión descarnada del retorno del padre de la horda. Cuando Marco Rubio declara que Estados Unidos no permitirá que “su” hemisferio sea base de operaciones de otros, no está defendiendo la seguridad: está reclamando el monopolio del goce, del poder y de la violencia, exactamente como el macho dominante descrito por Freud. Habla como si no existiéramos, porque para el padre de la horda los otros no son sujetos, sino obstáculos.

Aquí el discurso imperial y la degeneración civilizatoria se tocan. En El padre de la horda moderna se advierte que la humanidad no avanzó linealmente hacia una civilización ética, sino que retrocedió envuelta en la ficción ilustrada, creyendo que razón, derecho y democracia bastaban para domesticar la pulsión de muerte. Hoy sabemos que no fue así. El lenguaje del poder ya no disimula: ordena, delimita, amenaza. La Ilustración dejó de ser coartada elegante y fue sustituida por la brutalidad directa.

La frase de Rubio no es una excepción: es el síntoma. El síntoma de que la narrativa ilustrada ya no sirve ni siquiera para maquillar el saqueo. Como se señala en El retroceso civilizatorio, el siglo XXI no es el tiempo de la muerte de las ideologías, sino el tiempo de la muerte de la razón y de la civilidad. El derecho internacional yace petrificado; los organismos multilaterales funcionan como monumentos vacíos; la democracia se reduce a una palabra hueca que legitima la violencia del más fuerte.

Estados Unidos, que alguna vez fue presentado como la cuna de las libertades, siempre entre comillas, hoy se comporta como el jefe tribal que decide quién pertenece y quién sobra. Las redadas, las deportaciones y la criminalización del migrante latinoamericano revelan la misma lógica que rige su política exterior: negar la existencia del otro para justificar su expulsión o su aniquilamiento. Dentro y fuera de sus fronteras, el mensaje es el mismo: obedecer o desaparecer.

La paradoja es brutal. Porque incluso desde la tradición política estadounidense emergieron advertencias que hoy son ignoradas. Thomas Jefferson sostenía que ningún gobierno es legítimo sin el control permanente del pueblo. Esa afirmación, que influyó en los movimientos independentistas latinoamericanos, hoy resulta incómoda para un poder que ya no rinde cuentas y que confunde hegemonía con derecho natural.

En América Latina, esa arrogancia imperial no es nueva. Simón Bolívar lo vio con claridad profética cuando advirtió que Estados Unidos parecía destinado a plagar América de miserias en nombre de la libertad. Dos siglos después, la advertencia se materializa no solo en guerras e intervenciones, sino en algo más perverso: la normalización de la negación. No se discute con los pueblos; se les administra. Ahí está la permanente política exterior monroísta y su injerencismo: Chile, Brasil, Bolivia, Cuba, y ahora Venezuela. No se les reconoce; se les tolera mientras sean funcionales.

Frente a esa lógica, Benito Juárez sigue siendo una piedra en el zapato del imperialismo. “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz” no es una frase moralista: es una negación radical del padre de la horda. Donde hay respeto, no hay amo; donde hay derecho ajeno, no hay patio trasero.

Sin embargo, la modernidad ilustrada que invocó esas palabras fue traicionada desde dentro.

Como se desarrolla en El padre de la horda moderna, la razón se convirtió en instrumento de dominación, la democracia en fachada y el mercado en soberano absoluto. Cuando la narrativa dejó de servir, fue descartada. Ya no se roba con elegancia: se saquea sin pudor. Ya no se habla de derechos universales: se habla de intereses estratégicos.

El “como si no existiéramos” no es solo geopolítico; es psíquico y civilizatorio. Es la expresión de una humanidad que regresó al fango de lo primario, donde la pulsión de muerte gobierna y el otro es siempre un enemigo potencial. Freud lo anticipó: la cultura no elimina la agresión, apenas la disfraza. Hoy, ni siquiera eso. El disfraz cayó.

Desde el suelo, desde ese lugar incómodo donde hablan los que sobran, los que estorban, los que no entran en los mapas imperiales, la frase de Rubio se escucha con nitidez: no nos consideran iguales, ni interlocutores, ni pueblos soberanos. Nos consideran un espacio a controlar. Y esa certeza obliga a nombrar las cosas por su nombre: no es orden internacional, es horda global; no es liderazgo, es dominación; no es seguridad, es miedo del imperio a dejar de serlo.

Somos pueblos con memoria, con dignidad y con historia. Y mientras exista un solo pueblo que se niegue a aceptar que hablen de él como si no existiera, el padre de la horda no habrá ganado del todo.

A la puerta están nuevas revueltas sociales y guerras por la independencia de nuestras naciones latinoamericanas y del Caribe, contra el insultante new colonialismo imperial de los EE. UU.; contra los agentes internos en cada país que obedecen estrictamente los intereses de sus amos gringos, y no hablo del pueblo estadounidense, sino de la cúpula económica que tomó el poder en Estados Unidos y que, con Trump a la cabeza, encabeza “la revuelta de la clase económica” que poco a poco busca controlar a los países de América Latina. Por eso no es casual su irrupción en Argentina, Ecuador, Bolivia, Chile, Honduras y ahora el intento de retomar el poder público en México, con caricaturas como la de Salinas Pliego.
Debemos estar preparados para la madre de todas las batallas, y no será en las urnas. Eso es una simulación ilustrada que el imperio ya aplastó con su bota militar. Será con la fuerza, pues no habrá otra salida: el diálogo civilizatorio ha muerto y el lenguaje de las armas ha tomado su lugar.

Descanse en paz nuestra civilización ilustrada occidental.

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