Lupita Rodríguez Martínez
Luz y Flama
Los foros convocados por la compañera presidenta Claudia Sheinbaum Pardo para debatir sobre el uso excesivo de herramientas tecnológicas y plataformas digitales entre niñas, niños y adolescentes, resultan necesarios y urgentes.
En esta era la tecnología configura cómo pensamos, nos relacionamos y aprendemos, siendo el teléfono celular una extensión de nuestra vida cotidiana, ya sea como computadora, videocámara, reproductor, grabadora, red social, mapa, agenda, medio de pago e inagotable fuente de información.
Esta transformación plantea una pregunta crucial ¿debe el aula, espacio de formación humana y social, adaptarse sin límites a esta herramienta digital?
El uso de celulares en primarias, secundarias y preparatorias no sólo modifica la manera como las y los estudiantes aprenden, sino también como se relacionan con su familia, sus compañeros y sus docentes. Toda escuela, más que un espacio de consumo tecnológico, debe ser un entorno de convivencia que priorice el desarrollo cognitivo, emocional y social.
El celular, por sí mismo, no es un enemigo de la educación. De hecho, es una poderosa herramienta para fines didácticos bajo la guía docente y contextos controlados. Permite acceder a vastos conocimientos, promover la educación a distancia, fomentar habilidades tecnológicas, etc. Sin embargo, su uso libre, sin control ni propósito pedagógico claro, se convierte en un distractor y fuente de dependencia que limita las capacidades de atención y concentración.
Este tipo de adicción interrumpe el proceso de enseñanza-aprendizaje, reduce la retención de información, fragmenta la atención y genera un conocimiento superficial basado en la búsqueda rápida en internet. En edades tempranas el uso prolongado de pantallas afecta el desarrollo neurológico y la exposición constante a estímulos audiovisuales de redes sociales y aplicaciones digitales disminuye la capacidad de autocontrol y autorregulación emocional.
El problema no radica únicamente en el tiempo que alumnas y alumnos dedican a sus dispositivos móviles, ya que revisar mensajes mientras están en clase o hacen la tarea afecta la producción de dopamina en el cerebro y reduce la capacidad de concentración, crucial para los aprendizajes significativos.
Alumnas y alumnos recuerdan menos, comprenden menos, desarrollan menor capacidad de pensamiento crítico y la dependencia emocional al celular desata síntomas de ansiedad, insomnio y dificultades para socializar cara a cara.
Cada vez es más común observar a grupos de adolescentes juntos, pero aislados, cada uno mirando su pantalla. Esta desconexión interpersonal debilita la empatía, la comunicación y el sentido de comunidad que la escuela debe cultivar. Es el ‘homo videns’ que Sartori advirtió en la sociedad que deja de pensar con palabras para comprender el mundo a través de imágenes.
Resultados del reciente estudio de la UNAM sobre “Uso de celulares inteligentes en estudiantes de preparatoria y su influencia en el rendimiento académico”: 88% de los alumnos reconoció que siempre acuden con su aparato a la escuela, el 47% de ellos dijo que el uso de redes sociales en clase sí afecta “un poco”, 12% señaló que” mucho”, 2% aceptó que “muchísimo” y 39% dijo que “nada”. En tanto, el 94% de los maestros consideró que no les afecta.
Para transformar la sociedad y formar seres humanos conscientes, críticos y comprometidos, padres y madres debemos actuar con responsabilidad, visualizar la educación como el centro del cambio social e ir más allá de prohibir el celular como una medida disciplinaria en la Nueva Escuela Mexicana.
Las experiencias en Francia, Finlandia, Dinamarca, Países Bajos, Canadá y España, cuyos gobiernos restringieron los celulares en las aulas por razones pedagógicas, de salud y desarrollo de su niñez y juventud, deben servirnos no como una imposición autoritaria, sino como una decisión para devolverle sentido al proceso de aprender juntos, sin impedir los avances tecnológicos.
El uso libre de celulares en las aulas vulnera los derechos a la educación, a la seguridad, a la salud y al libre desarrollo de la personalidad en condiciones adecuadas, los cuales consagra la Constitución Mexicana, la Ley General de Educación y la Ley General de Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes.
Si así lo reconocemos, la Cuarta Transformación nos llama a regular el uso del celular con fines escolares y éticos para liberar a la educación de intereses mercantilistas, tecnocráticos y adictivos de la IA, como un paso hacia una educación más humana para el pueblo, para la vida y para el futuro.












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