Por huggo romerom™

En algún lugar entre un club de golf en Florida y una tormenta de tuits sin filtro, el viejo showman de la política llamado Donald Trump parece haber armado una pequeña compañía de teatro político en América Latina. No es un gabinete, no es una cumbre diplomática… es más bien un teatro de marionetas geopolíticas, donde cada hilo parece salir del mismo puño bronceado con spray.
Ahí está primero el rockstar libertario del sur, Javier Milei, gritando “¡viva la libertad carajo!” mientras agita la motosierra económica como si fuera el opening de un concierto de heavy metal en el Congreso. Si la política fuera lucha libre, Milei sería ese luchador que entra con fuegos artificiales… mientras en backstage le dicen por dónde caminar.
Luego aparece el sheriff digital de Centroamérica, Nayib Bukele, el único presidente que gobierna con más stories que decretos. Un tipo que convirtió la política en un streaming permanente. Si gobernar fuera una serie de Netflix, Bukele ya iría por la quinta temporada… con los derechos internacionales negociándose en Washington.
En Ecuador entra al escenario el joven CEO presidencial, Daniel Noboa. Traje impecable, discurso de startup y crisis nacional como fondo de pantalla. Un presidente que parece sacado de LinkedIn Premium: “liderando equipos en contextos complejos”… mientras el país arde como servidor mal configurado.
Más al norte, el profesor que terminó de presidente, Rodrigo Chaves en Costa Rica, da cátedra diaria de confrontación política. Cada conferencia es como un episodio de tal show: sarcasmo, regaños y uno que otro enemigo nuevo para mantener viva la audiencia.
En el Caribe corporativo aparece Luis Abinader en República Dominicana, manejando el país con la lógica de un CEO que revisa balances: turismo arriba, inflación abajo, y política exterior alineada como plan de negocios.
En el istmo, José Raúl Mulino en Panamá entra al tablero con la elegancia de quien sabe que el canal no solo mueve barcos… también mueve poder.
Más discreto pero igual en el coro aparece Santiago Peña en Paraguay, el tecnócrata que habla con lenguaje de economista mientras la política regional se convierte en un ajedrez donde todos miran hacia el norte antes de mover la pieza.
Y como extras en esta telenovela geopolítica aparecen nombres como Rodrigo Paz Pereira en Bolivia, Nasry Asfura en Honduras, y el eterno aspirante a cruzado ideológico en Chile, José Antonio Kast, quien lleva años intentando convertir la política chilena en una batalla cultural permanente.
El reparto se completa con el presidente petrolero de Guyana, Mohamed Irfaan Ali, y la veterana política caribeña Kamla Persad-Bissessar en Trinidad y Tobago, porque todo espectáculo internacional necesita su toque de diversidad tropical.
Pero lo verdaderamente fascinante no es el elenco.
Es la narrativa.
Una narrativa donde cada líder vende su propia revolución: unos contra el socialismo, otros contra el crimen, otros contra la burocracia… pero todos hablan el mismo idioma político: orden, mercado y mano dura.
En ese gran escenario llamado América Latina, cada uno actúa como protagonista nacional… pero a veces parece que el libreto viene traducido del inglés.
Porque la política internacional —seamos sinceros— no es un debate académico.
Es más bien una mezcla de ajedrez, reality show y pelea callejera.
Y mientras los pueblos discuten ideologías en redes sociales, los verdaderos guionistas del poder siguen escribiendo capítulos desde oficinas donde no se vota… pero se decide.
Al final, como en cualquier teatro de marionetas, el público discute si la figura de madera es heroica o villana.
Pero casi nadie mira los hilos.
Video solo como contexto del artículo no tengo los derechos; todos los derechos son de sus creadores originales.
Jaque Mate











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