Por huggo romerom™

La política dejó de ser un espacio para pensar y se convirtió en una trinchera para defender colores. Hoy no importa si una decisión es buena o mala, importa de qué partido viene. Si es de “los míos”, se aplaude aunque sea un desastre; si es de “los otros”, se rechaza aunque funcione. Así, sin mucho análisis, sin vergüenza y sin objetividad.
El gran problema de la política actual no es la falta de leyes, ni siquiera la falta de recursos. Es la ausencia total de objetividad. Y cuando no hay objetividad, nada funciona.
Vivimos en una era donde los hechos estorban. Los datos se acomodan, las cifras se maquillan y la realidad se edita según la narrativa que más convenga al partido en turno. A esto le llaman estrategia, pero en realidad es simple propaganda. La verdad ya no es lo que es, sino lo que conviene que parezca.
La política moderna se mueve más por emociones que por soluciones. Se gobierna desde el miedo, el coraje o el resentimiento. Se polariza porque dividir es más rentable que resolver. Mantener a la gente enojada garantiza lealtad, aunque no haya resultados. Y mientras la ciudadanía pelea en redes sociales defendiendo políticos que ni los conocen, los problemas reales siguen intactos.
El color partidista ha reemplazado al sentido común. Ya no se debate para mejorar, se discute para ganar. No se reconoce un error porque eso “le da armas al enemigo”. No se acepta una buena idea si viene del lado contrario. Así, la política se vuelve rígida, lenta y profundamente ineficiente.
Y no, la política nunca será completamente objetiva, porque la hacen personas, no máquinas. Pero una cosa es la subjetividad natural y otra muy distinta es la ceguera ideológica. Cuando un gobernante toma decisiones para proteger su partido y no a la sociedad, la política deja de servir.
La corrupción tampoco ayuda. Cuando el poder se usa para enriquecerse, pagar favores o asegurar el siguiente cargo, la objetividad se vuelve un estorbo. Pensar en el bien común no da votos inmediatos, pero pensar en la próxima elección sí. Por eso se gobierna con cálculo político y no con responsabilidad social.
La política podría funcionar mejor si se pareciera menos a un estadio y más a una mesa de trabajo. Menos porras, más análisis. Menos discursos, más resultados. Menos lealtad al color y más compromiso con la realidad.
Mientras sigamos votando y defendiendo colores como si fueran equipos de fútbol, la política seguirá fallando. Porque cuando el partido importa más que el país, la objetividad se pierde… y con ella, cualquier posibilidad de que la política funcione.
Jaque Mate Apartidista











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