La confianza como punto de regreso©

Por huggo romerom™

Cuando uno recupera la confianza en sí mismo —esa que se pierde casi siempre por circunstancias ajenas a la propia voluntad— entiende algo brutalmente simple: sin confianza no hay movimiento.
Esa confianza no se esfuma de golpe; se va enterrando poco a poco, capa sobre capa, con opiniones ajenas, con comentarios “bien intencionados”, con silencios incómodos y con personas cercanas que, sin darse cuenta o a veces con plena conciencia, te convencen de que no eres suficiente. Y cuando eso pasa, caes en un pozo profundo del que no se sale con frases motivacionales ni con likes.

Se sale recuperando la confianza. Nada más. Nada menos.

No escribo esto como coach profesional. No pagué un curso para que alguien me diera un certificado que diga que ahora “inspiro a otros”. No tengo una foto en redes con un micrófono inalámbrico ni promesas infladas de haber salvado miles de negocios con miles de clientes que nadie ha visto nunca.
Escribo desde un lugar mucho más incómodo y mucho más real: la experiencia personal comprobable.

Hablo en primera persona porque es la única forma honesta de hacerlo. Si hablara de otros, estaría repitiendo lo que escuché. Pero cuando hablo de mí, puedo probar cada palabra.

Durante mucho tiempo también estuve ahí: dudando, postergando, justificando. No porque no tuviera capacidad, sino porque no tenía confianza. Y sin confianza, el talento se oxida, las ideas se pudren y los objetivos se vuelven teoría bonita.

Hoy puedo afirmar algo con absoluta certeza:
la confianza en uno mismo es el motor que hace que las cosas sucedan. No la suerte. No el contacto. No el algoritmo. La confianza.

Cuando esa confianza regresa, ocurre algo casi imposible de explicar, pero muy fácil de reconocer: empiezas a actuar. Y cuando actúas, los objetivos no solo se alcanzan, se multiplican. Los primarios caen primero y después empiezan a aparecer otros que ni siquiera tenías contemplados. Es como un magnetismo extraño: lo que tocas avanza, lo que enfocas responde.

Las pruebas no son discursos. Son hechos.

Una de las pruebas más claras —al menos para mí— es cuando aquello que te apasionaba y que solo veías a través de una pantalla, una revista o una idea lejana, se vuelve real. Cuando deja de ser un deseo abstracto y se convierte en algo tangible. Cuando no solo existe, sino que incluso te dice: “buenos días, ¿cómo estás?” y sientes ese saludo incluso en la piel
Ahí entiendes que algo cambió.
Ahí sabes que regresaste.

Porque cuando tu pasión toma forma, cuando la puedes tocar, cuando puedes dialogar con ella, cuando deja de ser aspiración y se convierte en presente, no es suerte: es confianza recuperada.

Y cuando eso ocurre, la bonanza no se persigue; llega como consecuencia. No por magia, sino porque ahora ejecutas lo que antes solo planeabas. Porque ya no dudas tanto. Porque ya no pides permiso. Porque ya no te traicionas.

Cada persona tiene algo que la mueve: una idea, un proyecto, una vocación, una obsesión sana. Algo que emociona, que acelera el pulso. Cuando eso empieza a tomar forma concreta, cuando deja de ser “algún día” y se convierte en “ya está pasando”, puedes estar seguro de algo: has recuperado la confianza en ti mismo.

Y aquí viene la parte incómoda que pocos dicen:
Puedes leer todos los libros, escuchar todos los podcast y pagar todos los cursos de todos los coach que presumen haber salvado miles de negocios…
pero si no confías en ti, no vas a lograr nada.

La práctica vale más que la teoría.
La acción vale más que el discurso.
Y la confianza personal vale más que cualquier mentor.

Así que si de verdad quieres llegar lejos, trabaja primero en ti. No en tu marca personal. No en tu pitch. No en tu bio de Instagram.
Trabaja en tu confianza.

Esa es la única prueba real de que puedes llegar a donde quieras.

PD. Como no soy coach, no me debes nada.
Pero si esto te movió algo por dentro, tal vez ya sabes por dónde empezar.

Jaque Mate.

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