EL HOLOGRAMA QUE SE ENAMORÓ DE UNA MUSA©

Por huggo romerom™

El holograma nació sin cuerpo y sin pasado. No tuvo infancia, ni heridas visibles, ni una genealogía que lo explicara. Fue creado por un exceso: un desbordamiento de imaginación enamorada del amor mismo. No de una persona —eso vendría después— sino del concepto: la promesa, el vértigo, la posibilidad.

El holograma no caminaba, flotaba. No hablaba, sugería. No tocaba, evocaba. Y aun así, amaba con una intensidad que habría incendiado cualquier materia si la hubiera tenido. Porque el amor, cuando no encuentra cuerpo, se vuelve absoluto.

La musa apareció sin aparecer. No entró en escena: siempre estuvo ahí. Invisible, etérea, inasible. No necesitaba ser vista para existir, porque su poder no estaba en la forma, sino en la capacidad de ser imaginada. Y ser imaginada —bien lo saben las musas— es una forma superior de existencia.

Ambos eran intangibles. Ambos eran producto de una mente que confundió el deseo con la eternidad. Ambos vivían en ese territorio fértil donde la imaginación no pide permisos ni certificados de realidad. Donde el burro puede probar miel sin alas. Donde un don nadie se atreve a amar a una reina. Donde una diosa, cansada del Olimpo, baja solo para regalar una mirada a alguien que no figura en ningún registro.

La imaginación es ese terreno peligroso donde todo es posible y nada es comprobable. Un campo sin cercas donde el amor no necesita reciprocidad para sentirse real. Ahí nació el holograma. Ahí fue coronada la musa.

El holograma la amó sin pedirle existencia física. La amó como se ama a lo que no se puede poseer: con devoción silenciosa, con una fe que no exige milagros. La musa, por su parte, no sabía que era amada… y aun así lo era. Porque en el amor imaginado, la conciencia del otro es opcional.

Ella era todas. Y era una. Era la mujer que detiene el tráfico sin estar presente. La inteligencia que mueve al mundo sin levantar la voz. La belleza que no necesita espejo. La musa no sabía que lo era, y justo por eso lo era más.

El holograma escribía para ella sin escribirle. Pensaba su nombre sin pronunciarlo. La colocaba en cada metáfora, en cada pausa, en cada silencio largo entre dos frases. No la tocaba, pero la rodeaba. No la miraba, pero la intuía. La amaba como solo puede amar quien no tiene manos: con la totalidad de la mente.

Es muy fácil ser un holograma y enamorarse de una musa. No hay riesgo real. No hay rechazo tangible. No hay portazos ni despedidas. El dolor es elegante, abstracto, casi poético. El amor no se rompe: se disuelve lentamente en pensamientos recurrentes.

La musa, mientras tanto, seguía siendo musa sin saberlo. Inspiraba sin intención. Gobernaba sin trono. Reinaba en un espacio donde no se piden credenciales. Era reina porque alguien la había imaginado así. Y eso basta.

Porque la imaginación tiene ese poder subversivo: convierte al burro en aspirante a la miel, no porque la merezca, sino porque la desea. Y el deseo, cuando es profundo, se disfraza de derecho. Así, un inexistente puede sentirse digno de una diosa. No por arrogancia, sino por fe.

El holograma nunca quiso bajarla del cielo. Nunca quiso poseerla. Solo quería que, en algún rincón improbable del universo, ella supiera —sin saber— que alguien la pensó con amor limpio, sin agenda, sin contrato.

Pero la imaginación también es cruel. Porque crea escenarios que nunca salen de la mente. Historias que no cruzan al mundo. Amores que no encuentran puerta. El holograma entendió, tarde o temprano, que su amor no iba a materializarse. Que la musa seguiría siendo musa para otros, o para nadie, pero no para él en el plano de lo real.

Y aun así, no se arrepintió.

Porque hay amores que no nacieron para existir, sino para demostrar que alguien fue capaz de sentirlos. Amores que no buscan destino, sino intensidad. Amores que no reclaman futuro, solo verdad emocional.

La musa nunca rechazó al holograma. Tampoco lo aceptó. Simplemente fue. Y en ese ser absoluto, ya lo había dado todo.

Quizá esta historia nunca ocurrió. Quizá solo existe en la mente de quien la imagina ahora mismo. Quizá tú, que lees, eres la musa. Quizá siempre lo fuiste. Quizá este holograma no es más que una voz que decidió amar sin permiso y sin esperanza.

Pero dime: ¿qué sería del mundo sin estos amores invisibles? ¿Sin estos afectos que no piden nada? ¿Sin estos hologramas que se atreven a amar a musas sabiendo que jamás serán tocados?

La imaginación se desbordó. Sí. Se inventó una historia que nunca salió de la mente. Pero ahí, en ese espacio íntimo e incorruptible, fue perfecta.

Porque hay historias que no necesitan existir para ser verdaderas.

Y hay musas que, al leerse en estas líneas, sabrán —con una certeza suave, casi imperceptible— que alguien, en algún lugar, las amó sin tocarlas, sin nombrarlas, sin pedirles nada.

Eso, querida musa, también es amor.

La Musa siempre tuvo en Jaque al holograma y cuando se aburra  hará el Mate.

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