En el año 416 A.C., Atenas lo dijo sin rodeos: la justicia solo existe entre iguales.
Cuando hay un desequilibrio de poder, apelar a la moral no es virtud. Es candidez. Y la candidez, en política, se paga caro.
Eso fue lo que no entendió Melos.
Una pequeña isla que se creyó a salvo por ser neutral.
Que confió en que el derecho la protegería.
Que esperó que Esparta llegara a corregir la injusticia.
No llegó nadie.
Tucídides lo relata sin sentimentalismo:
Atenas venció.
Ejecutó a los hombres.
Esclavizó a mujeres y niños.
Fin del argumento moral.
El llamado Diálogo de los melios no es una anécdota antigua. Es una advertencia permanente. Nos recuerda algo profundamente incómodo: el mundo no funciona como nos gustaría que funcionara, sino como funciona.
Nos encanta hablar de reglas, de derecho internacional, de instituciones, de valores compartidos. Todo eso está muy bien… cuando hay equilibrio de poder. Cuando no lo hay, esas palabras se convierten en consuelo retórico.
El poder real no suplica. El poder impone.
Compra, presiona, captura, fuerza. Aunque dañe. Aunque humille. Aunque viole reglas que él mismo escribió. Y luego te mira con desdén y pregunta:
“¿Y tú qué vas a hacer?”
Lo vemos todos los días, a pequeña escala:
venta de espacios públicos, privatización de áreas verdes, invasiones toleradas, desalojos selectivos. El poderoso rompe la ley porque puede. Punto.
Precisamente por eso existen la República y la democracia: para limitar al poder, no para idealizarlo. Para crear contrapesos, no para escribir manifiestos morales.
Hoy, viendo cómo actúa Trump, dentro y fuera de Estados Unidos, el paralelismo es evidente. México parece confiar en que la justicia, la prudencia económica o la corrección diplomática bastarán para frenar una posible intervención militar directa contra los cárteles, con botas estadounidenses en suelo mexicano.
Eso no es estrategia. Eso es repetir Melos.
Ellos esperaban a Esparta. México no tiene a nadie.
Rusia está ocupada.
China nunca aparece cuando el costo es real.
La ONU está exhausta, cuando no irrelevante.
La historia no se repite, pero castiga a quienes no la leen.
Y una de sus lecciones más persistentes, más incómodas y más actuales es esta:
Los fuertes hacen lo que pueden. Los débiles sufren lo que deben.
No para resignarnos.
Sino para entender que la moral sin poder no protege,
y que ignorar esa realidad nunca ha sido una política sensata. Es realpolitik en su mayor crudeza.
Por Tony Rodríguez, influencier de Facebook












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