“La paradoja del Nobel de la Paz: premiar la guerra en nombre de la paz”

A propósito de la politización del Nobel de la Paz: el caso María Corina Machado

Apuntes desde el suelo

Dr. Lenin Torres Antonio

El Premio Nobel de la Paz se concede a la persona, grupo u organización que haya realizado “el mayor o mejor trabajo por la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos permanentes y la celebración y promoción de congresos de paz”, según el testamento de Alfred Nobel. Estos son los criterios que debemos tener presentes para hablar del Premio Nobel de la Paz.

Un gran revuelo, promovido por la prensa internacional, ha causado el otorgamiento del Premio Nobel de la Paz a la activista venezolana María Corina Machado, rival acérrima desde hace años del chavismo, surgido con la llegada al poder de Hugo Chávez en 1999. Desde entonces, Machado, de la mano de Estados Unidos, ha buscado por todas las vías deponer al régimen chavista de Nicolás Maduro, el actual presidente de Venezuela, apoyando el ilegal y terrible embargo económico, promoviendo y financiando protestas violentas, respaldando la intervención armada bajo el pretexto de luchar contra el narcotráfico, incluso alentando acciones directas de Estados Unidos contra el gobierno venezolano. En fin, su activismo político, lejos de ser pacífico, ha sido beligerante. Gandhi se quedaría mudo ante semejante método de conseguir la paz a través de la violencia y la guerra, y más aún, ser premiada por ello.

Pero el análisis de lo que representa el otorgamiento del Nobel de la Paz a María Corina Machado va más allá de los criterios que contradicen las bases que el propio Alfred Nobel contempló. Se trata del uso faccioso que la derecha internacional ha hecho del galardón, reafirmando su tesis de que solo a través de la intervención y la fuerza se puede imponer su visión de lo que debería ser la normalidad social y política. Así, la derecha mexicana ha hecho un absurdo paralelismo entre lo que ocurre en México y en Venezuela, cuando es evidente que no tienen nada que ver: México vive una democracia plena, un régimen de libertades donde los excesos de la derecha lo demuestran, librando desde el primer minuto en que perdió el poder a manos del progresismo obradorista una permanente guerra mediática e incitando a la violencia para volver, como dijo el “ilustre” priista Fidel Herrera (+), “al pinche poder”.
Es lamentable ver el deterioro de las instituciones públicas y privadas, que deberían dirimir los conflictos a través del diálogo y la paz, y constatar cómo premios que deberían otorgarse a personajes que luchan de forma pacífica por la paz en el mundo -más aún en estos tiempos violentos- se entregan a quienes promueven la confrontación.

Si todo marcha como lo planea Donald Trump, veremos pronto a María Corina Machado juramentar como nueva presidenta de Venezuela, prometiendo cuidar los intereses de la aristocracia que gobernó el país tras la muerte de Simón Bolívar y, por supuesto, los de Estados Unidos. El petróleo es el gran botín que tiene en la mira Washington.

¿Cómo entender que se llame dictadura al régimen de Maduro mientras la monarquía saudí (Arabia Saudita) no se toca ni con el pétalo de una rosa, pese a su carácter represor, donde no hay derechos humanos, se persigue a los homosexuales, las estudiantes universitarias deben asistir a conferencias por videoconferencia en auditorios separados de los hombres, no existen derechos laborales para miles de inmigrantes pakistaníes, indios y africanos, y las riquezas quedan en manos de las familias reales?

Esa visión sesgada, normalizada por los medios de comunicación occidentales para ocultar las contradicciones del sistema dominante, no menciona que la laureada María Corina Machado promueve la vía armada y violenta tanto dentro como fuera de Venezuela para derrocar al régimen de Nicolás Maduro. Si tanto le interesaran la igualdad, la libertad, la democracia y el bienestar de los venezolanos, ¿por qué no protestó contra los regímenes corruptos anteriores al chavismo? Hija de un empresario siderúrgico, educada en el extranjero, guardó silencio cuando la oligarquía perdió el poder con Hugo Chávez. Siendo parlamentaria, no dijo nada sobre el intervencionismo agresivo de Estados Unidos contra el régimen chavista ni sobre el embargo económico como herramienta para doblegar a quienes piensan distinto, pese a que Chávez impulsó programas sociales para la justa distribución de la riqueza. Su gen de derecha la hizo callar y, junto con sus iguales, comenzó a desgastar al régimen de Chávez hasta su muerte y ahora al de Maduro. Han hecho todo menos promover la paz: su activismo ha sido belicoso y apátrida, aliada incondicional de Estados Unidos, luchando para deponer al gobierno actual. Su narrativa sobre recuperar las libertades y la democracia choca con sus intereses y ambiciones personales y de grupo.

El Premio Nobel de la Paz se ha prostituido. María Corina Machado apela a la violencia y al intervencionismo militar estadounidense. Su biografía es la de una opositora que busca regresar al poder para mantener el status quo que permitió que los recursos naturales de Venezuela terminaran en el extranjero y enriquecieran a la élite empresarial. Aquí sí podemos hacer un paralelismo con México: la élite económica mexicana, que representa menos del 1% y detenta más del 50% del PIB, junto con intereses internacionales, busca deponer al régimen obradorista por la sencilla razón de que les quitó sus jugosas ganancias y privilegios. Así, el verdadero paralelismo está en el comportamiento obsceno y apátrida de la derecha venezolana y mexicana. En otras palabras, si la lucha por la democracia fuera el verdadero motor del activismo de Machado, habría cuestionado los regímenes corruptos previos al chavismo. Sin embargo, su silencio frente al intervencionismo estadounidense y su alineación con las élites económicas revelan una agenda orientada a restaurar el status quo que históricamente concentró la riqueza en manos de minorías. Este patrón encuentra eco en México, donde sectores empresariales y políticos buscan revertir las políticas redistributivas del obradorismo mediante campañas mediáticas y presiones internacionales.

Por último, el Premio Nobel de la Paz ha dejado de representar los valores de su fundador Alfred Nobel (1833-1896), quien dejó su herencia para premiar a quienes promovieran la paz para un mundo mejor, y no la guerra ni el intervencionismo militar como lo hace María Corina Machado.

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