¿Por qué los judíos sí y los palestinos o kurdos no?: “la otra solución final”

Apuntes desde el suelo

Dr. Lenin Torres Antonio

La historia reciente ha tenido como protagonista el llamado “problema judío”, no tanto el problema palestino, porque los palestinos ya estaban ahí, han estado ahí. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial, y bajo el argumento del sufrimiento del pueblo judío por la persecución y el exterminio intentado por Hitler, y tras el triunfo de los Aliados, se decidió crear el Estado judío sin el permiso ni el consenso del mundo árabe.

Se optó por imponer, por la fuerza, la toma de un territorio en Medio Oriente para asentar al pueblo judío, con Jerusalén como centro.

Desde entonces, se nos ha inculcado el genocidio -el Holocausto- como el ejemplo más atroz de barbarie que la humanidad ha cometido contra sí misma, y a los judíos como los grandes mártires de la historia, independientemente de otros genocidios ocurridos en África, Asia, América, Europa y actualmente en Palestina.

Pero es necesario ir más allá y buscar explicaciones: ¿por qué el privilegio del pueblo judío de tener un Estado propio? ¿Y por qué, a partir de su creación, durante décadas, se ha permitido la anexión de más territorios de países vecinos sin que pueda considerarse un proceso ilegal?

El llamado problema judío no es menor: es un problema de imposición, de una verdad construida por la fuerza, que legitima la idea de que está en juego la supervivencia de un pueblo digno, generoso, que ha ganado el derecho de existir, como si fuese el único.

Vuelvo a señalar el desequilibrio de esa decisión tomada por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, ¿por qué esa defensa a ultranza? Una defensa que, en ocasiones, raya en lo absurdo, porque pone en riesgo incluso la propia existencia de la humanidad. Y no es exageración, lo vivimos hoy con la intervención armada de Israel y los EE UU en Irán.

La ética distingue entre ética pública y ética privada. En sociedad, lo que debería prevalecer es la ética pública. Por eso, en términos clásicos, Creonte tendría más razón que Antígona, pues representaba los intereses de la colectividad, mientras que Antígona defendía un interés particular.

Esto nos lleva a preguntas inevitables: ¿por qué no se ha detenido la expansión ilegal de Israel?, ¿por qué se ha permitido que Netanyahu, con el respaldo de potencias occidentales -principalmente Estados Unidos-, esté llevado a cabo acciones que reproducen lógicas de exterminio del pueblo palestino, con más de 60,000 muertos, el 60% de esos niños inocentes, precisamente aquellas que justificaron la creación del propio Estado de Israel?, en otras palabras, ¿por qué se ha tolerado lo que muchos consideran un genocidio, con un altísimo porcentaje de víctimas infantiles?

No se requiere un análisis demasiado complejo para identificar algunas causas. Sin embargo, este tema no es fácil de abordar, porque genera prejuicios profundamente arraigados, construidos a partir de una narrativa histórica dominante: el sufrimiento del pueblo judío y su derecho incuestionable a existir.

Pero al contrastar, surgen otras preguntas: ¿y el derecho del pueblo palestino a existir?, o, ¿el derecho del pueblo kurdo de tener un Estado soberano, que durante décadas han luchado para tener un territorio propio y un Estado independiente, pese a sufrir un exterminio constante?

Esto conduce a una conclusión incómoda: pareciera que existen pueblos de primera y de segunda; pueblos cuya causa merece la atención de las potencias, y otros que permanecen invisibles.

Ahora bien, ¿por qué el pueblo judío ha recibido ese nivel de respaldo?

No ha existido una censura internacional unánime frente a sus acciones. Estados Unidos, de manera constante, ha justificado y defendido a Israel, e incluso lo apoya militarmente para enfrentar a sus adversarios.

Este análisis no pretende justificar el Holocausto ni las políticas de exterminio del nazismo. Sin embargo, sí apunta a reconocer que el pueblo judío ha sido históricamente influyente en ámbitos intelectuales y económicos. Figuras como Karl Marx o Albert Einstein dan cuenta de su relevancia en la historia moderna.

Además, se ha caracterizado por una notable capacidad en el ámbito económico y comercial.

Si consideramos que el mundo está estructurado en torno a una élite económica global con intereses compartidos, es posible entender ciertas alianzas. Estas redes de poder encuentran afinidades que trascienden lo meramente cultural y se articulan en función de intereses económicos comunes.

Por otro lado, en su estrategia de poder global, Estados Unidos ha encontrado en Israel un punto clave de inserción geopolítica en Medio Oriente, región que concentra recursos estratégicos fundamentales, particularmente energéticos.

Esto no legitima las acciones, pero sí permite entender que lo que está en juego no es únicamente la supervivencia de un pueblo, sino intereses económicos de gran escala.

En ese contexto, la humanidad en su conjunto puede quedar subordinada a lógicas de poder que no dudan en poner en riesgo su propia continuidad.

Finalmente, hay dos ideas centrales que emergen de este análisis: la existencia de jerarquías entre pueblos, donde algunos son protegidos y otros ignorados, y, la persistencia de formas contemporáneas de exclusión y muerte estructural, es decir, aun habiendo comida y riquezas suficientes millones de seres humanos están condenados al hombre, el sufrimiento, la marginación, y muerte aún sin nacer, situación propiciado por un sistema económico y político que permite la concentración de las riquezas en unas cuantas manos y las decisiones políticas y económicas en quienes tienen el poder no tan sólo económico sino armamentístico, en otras, palabras la exclusión es estructural.

La llamada “solución final” del nazismo fue condenada históricamente. Sin embargo, hoy se manifiestan otras formas de condena sistemática: millones de personas son empujadas a la pobreza, al hambre y a la muerte debido a la desigual distribución de la riqueza, a eso llamo “la otra solución final”.

El problema no es la escasez de recursos, sino su concentración. A nivel global y local, la riqueza se encuentra en manos de una minoría, mientras la mayoría vive en condiciones precarias.

En un sistema verdaderamente democrático, no debería ser aceptable que una sola persona muera por hambre o por falta de acceso a recursos básicos.

El llamado problema judío no se resolverá mediante acuerdos de organismos internacionales si no se cuestionan las estructuras de poder que lo sostienen.

La crisis actual de las narrativas ilustradas, sumada al resurgimiento de liderazgos políticos como la revuelta de la clase económica que encabeza Donald Trump que priorizan intereses económicos sobre principios racionales y éticos, dificulta una solución basada en la justicia.

Sin embargo, una salida racional implicaría reconocer que: Israel debería devolver los territorios ocupados, respetar las fronteras establecidas tras la Segunda Guerra Mundial, y garantizar el derecho de autodeterminación de los pueblos, incluidos el palestino, el kurdo y muchos otros.

Marzo de 2026

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