Por huggo romerom™

Hay lugares donde la justicia no se grita, se trabaja.
No se presume, se suda.
No se romantiza, se procesa.
La Defensoría Pública del Estado de Nuevo León es uno de esos lugares.
No es un despacho bonito ni una oficina de discursos largos.
Es, en el sentido más crudo y honesto de la palabra, una fábrica.
Pero no una fábrica cualquiera: una Fábrica de Ayuda, justicia y esperanza.
Porque ahí el trabajo no se improvisa, se hace en serie y en serio.
Cada demanda es una historia.
Cada historia es una urgencia.
Cada urgencia llega cargada de miedo, ignorancia legal, desesperación y, muchas veces, silencio acumulado por años.
Y aun así, el proceso arranca.
Entrevista.
Escuchar sin juzgar, entender sin minimizar, traducir el dolor al lenguaje jurídico.
Asesoría.
Explicar lo complejo con palabras simples. Decir la verdad, aunque no siempre sea bonita.
Investigación.
Buscar documentos donde solo hay recuerdos. Rastrear hechos donde solo hay versiones.
Elaboración.
Escribir demandas que no solo cumplan la ley, sino que sostengan la dignidad de quien no sabe cómo defenderse.
Revisión.
Porque aquí un error no es solo técnico, es humano.
Envío o presentación.
El último paso de un camino que empezó con alguien diciendo: “no sé qué hacer”.
Eso es trabajo en serie.
Y eso, también, es trabajo en serio.
Los licenciados y licenciadas de la Defensoría Pública no litigan por prestigio ni por honorarios. Litigan por necesidad ajena. Por urgencia social. Por justicia básica. Por el derecho mínimo de no estar solo frente al sistema.
Aquí nadie se hace rico.
Aquí muchos se hacen fuertes.
Aquí algunos se quiebran, pero siguen.
Porque hay que decirlo: la carga es brutal.
La demanda es constante.
El tiempo nunca alcanza.
Y aquí es donde entra la reflexión incómoda pero necesaria.
Sí, la Defensoría Pública es gratuita.
Y debe seguir siéndolo.
Pero quizá también debe ser justa en su acceso.
Limitar el ingreso de quienes solicitan el servicio a un máximo de cinco veces el salario mínimo mensual no es excluir: es ordenar la ayuda.
Es permitir que quienes realmente no tienen otra opción reciban atención con celeridad, con calidad, con humanidad.
Porque cuando todo es urgente, nada avanza.
Y cuando la carga se desborda, hasta el mejor abogado se convierte en bombero apagando incendios sin agua.
La justicia lenta no es justicia.
Es desgaste.
Y aun así, ahí están.
Todos los días.
Abriendo expedientes como quien abre puertas.
Porque hay una verdad que solo se entiende desde adentro:
se debe estar dentro para poder encontrar la salida.
Desde fuera es fácil opinar.
Desde dentro es donde se construyen soluciones que no siempre benefician al sistema, pero sí a las personas.
Encontrar caminos legales para miles de historias rotas no es nada fácil.
Requiere cabeza fría, corazón firme y una ética que no se enseña en la universidad.
Por eso, mis respetos.
A quienes escriben demandas como si escribieran salvavidas.
A quienes creen que la ley no es un lujo, sino una herramienta social.
A quienes entienden que ayudar también es una forma de resistencia.
La Defensoría Pública no es perfecta.
Pero es necesaria.
Es real.
Es humana.
Y mientras existan fábricas que no produzcan cosas, sino oportunidades, todavía hay esperanza.
Porque al final, la justicia no siempre gana.
Pero cuando se intenta con dignidad, ya empezó a existir.
Fábrica de Ayuda.
De esas que no hacen ruido…
pero sostienen al Estado cuando nadie más quiere cargarlo.
A los que hacen funcionar esta ‘Fabrica’;
¿Qué opinan de un ingreso límite de 5VSMM?
*Mención de “La Defensoría Pública del Estado de Nuevo León” hecha únicamente por ser parte fundamental del artículo; este artículo no tiene fines de lucro; no se peleen ni se amontonen cuando se asignen las demandas para todos hay y muchas; digan si a los convivios; para la próxima que sean waffles.
Jaque Mate…










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