Eleazar Fuentes Gutiérrez
Todo en la vida es de constantes cambios y actualizaciones, y la política es igual: se va adaptando a los nuevos canales de comunicación y a la modernización del mundo. Hoy las redes sociales se han vuelto una herramienta central para la política, y eso en sí mismo no es algo negativo.
El problema viene cuando los políticos confunden el generar contenido con gobernar o legislar. En la lógica de un influencer exitoso, lo que importa es la aceptación en redes sociales: las vistas, los comentarios a favor, los likes. En cambio, en la lógica de un gobierno, el éxito debería medirse con resultados, con políticas públicas que funcionen y con soluciones reales a los problemas de la gente. Cuando ambas lógicas se mezclan sin cuidado, la política se vacía de fondo y se llena de forma.
En México, y más en Nuevo León, hay muchos ejemplos de esto. Basta con observar cómo se construye hoy gran parte de la narrativa política desde las redes sociales. En el caso de nuestro gobernador, Samuel García, es evidente que parte de su aceptación incluso en otros estados de la República tiene que ver más con lo que proyecta y vende en redes sociales que con una evaluación profunda de los resultados de su gobierno.
El riesgo no está en usar redes sociales, sino en gobernar pensando en ellas. Cuando la agenda pública se diseña para ser viral y no para ser eficaz, el ciudadano deja de ser sujeto de derechos y se convierte en audiencia. El gobierno ya no rinde cuentas, lo que hace es producir contenido.
Cuando el político se vuelve influencer, deja de gobernar para resolver y empieza a gobernar para gustar. Y cuando eso ocurre, el algoritmo manda, pero el ciudadano es quien termina pagando las consecuencias.












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